El simposio Heldu, Gazte reúne en Bilbao a personas expertas, jóvenes, instituciones y ciudadanía para debatir cómo reforzar los lazos entre edades frente a la desigualdad, la soledad y la incertidumbre.
En el auditorio del Itsasmuseum de Bilbao, frente a la ría, sesenta personas de todas las edades —estudiantes, investigadores, cargos institucionales y ciudadanos curiosos— compartieron un mismo silencio cuando el jurista neerlandés Jan van de Venis pidió que imaginen a sus ocho generaciones anteriores y ocho posteriores. “Estamos unidos por una cadena que no debemos romper”, dijo con voz pausada, mientras su chaqueta y los pañuelos heredados de su tatarabuelo simbolizaban esa continuidad entre pasado y porvenir. En ese instante, el público comprendió que la solidaridad intergeneracional, tema central del simposio Heldu, Gazte no era una abstracción, sino una forma concreta de vivir conjuntamente el tiempo.
Organizado por Eusko Ikaskuntza y el Gobierno Vasco, el encuentro celebró el 3 de noviembre una intensa jornada de diálogo sobre cómo tejer puentes entre generaciones en un contexto de cambios demográficos, desigualdad económica y precariedad juvenil. No fue un congreso al uso, sino un ejercicio coral en el que personas del mundo de la academia, representantes públicos y ciudadanía compartieron una misma preocupación: cómo garantizar que el bienestar de unas personas no hipoteque el futuro de otras.
El reto de pensar en quienes aún no han nacido
Van de Venis, Ombudsperson neerlandés para las generaciones futuras, abrió la reflexión con una mirada global. Alertó de que los principales riesgos del planeta —el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la escasez de agua— afectan ya a los derechos humanos y, especialmente, a los de quienes todavía no han nacido. “El principio de equidad intergeneracional”, recordó, “nos obliga a decidir hoy pensando en quienes vendrán”. Citó ejemplos legales que respaldan esta visión: desde el caso Urgenda en los Países Bajos hasta la reciente sentencia del Tribunal Europeo de Derechos Humanos que condenó a Suiza por su inacción climática.
Su mensaje resonó con la experiencia de Gales, cuya representante Najma Hashi participó por videoconferencia para explicar el Well-being of Future Generations Act (2015), una ley pionera que obliga a evaluar cada política pública por su impacto en las generaciones futuras. “No es utopía, es gobernanza responsable”, resumió.
Hacer comunidad intergeneracional
Desde Euskal Herria, la consejera de Bienestar, Juventud y Reto Demográfico, Nerea Melgosa, insistió en la importancia de “hacer comunidad” y de que esa comunidad sea intergeneracional. En su intervención, denunció el llamado “efecto billete de autobús”: políticas públicas que benefician a las personas por su edad —por ejemplo, las personas mayores que no pagan transporte— en lugar de por su situación económica. “No es justo que las y los jóvenes precarios paguen mientras quienes tienen más recursos viajan gratis”, dijo, reclamando criterios de equidad que contemplen la realidad diversa de cada etapa vital.
Melgosa coincidió con Ana Urkiza, presidenta de Eusko Ikaskuntza, en que el bienestar “no puede dividirse por edades”. Ambas subrayaron la corresponsabilidad como valor común: construir un país donde cada generación aporte al bien común y se sienta parte de un proyecto compartido.
Contra el edadismo, la desigualdad y la fractura social
El antropólogo Carles Feixa aportó una mirada cultural a este pacto entre generaciones. Analizó cómo la juventud vive “entre la utopía y la crisis”, y cómo la llamada “Generación Beta” crece con conciencia ecológica, precariedad económica y deseo de comunidad. “La juventud actual —afirmó— no rechaza a sus mayores; rechaza un sistema que no le ofrece espacio para construir su propio futuro”.
Esa fractura simbólica se entrelaza con la que describió Elena del Barrio, directora de políticas e investigadora de la Fundación Matia, al denunciar el edadismo, una forma de discriminación que atraviesa tanto a jóvenes como a mayores. “El único ‘ismo’ todavía aceptado socialmente es el edadismo”, afirmó, pidiendo una mirada “posgeneracional” donde la edad no determine derechos ni expectativas. Recordó que durante la pandemia se usaron etiquetas como #boomerremover o #grandmakiller, y que todavía hoy abundan los discursos que enfrentan a las generaciones. 1“No son las edades las que se enfrentan, sino las desigualdades que las separan”, insistió.
En esa línea, el economista Javier Soria, fundador del Laboratorio de Oportunidades e investigador de la Paris School of Economics, alertó de que el ascensor social se ha ralentizado en occidente: hoy es más probable que las y los hijos vivan peor que sus madres y padres. “La falta de movilidad —explicó— no solo erosiona la justicia, también la confianza colectiva. Si el ascensor social se detiene, la cohesión se resiente”. Soria reclamó políticas basadas en evidencia: invertir en educación y formación profesional, reducir la segregación urbana y fortalecer el capital social, “ese tejido invisible que une a las personas más allá de su origen”.
Todas estas intervenciones coincidieron en una misma idea: tender puentes, no trincheras. Pero hacerlo exige que cada generación disponga de herramientas para afrontar los retos de su tiempo: vivienda, empleo digno, cuidados compartidos y participación social.
Voces que se escuchan
La mesa intergeneracional, moderada por Eusko Ikaskuntza, fue uno de los espacios más vivos del encuentro. Participaron Iratxe Uriarte, del Consejo de la Juventud de Euskadi, Elisabet Arrieta, representante del movimiento Helduak Adi! y la propia Elena del Barrio. El diálogo, intenso pero siempre respetuoso, giró en torno a una misma aspiración: ser escuchadas y reconocidas. “Queremos participar, no estar bajo tutela”, resumió Uriarte, mientras Arrieta añadía: “También queremos seguir aportando, no solo recibir cuidados”.
Un hilo que une pasado y futuro
Durante la jornada se habló de convivir entre generaciones y de tejer comunidad, de cómo el futuro empieza en el presente y de que cada decisión deja huella en quienes vendrán. Se reconocieron los estereotipos y desigualdades que separan a las edades, se alertó del declive del ascensor social y se reclamó que las políticas públicas incorporen una visión intergeneracional en todos sus ámbitos: educación, cuidados, empleo o vivienda. El mensaje final fue rotundo: no hay justicia social sin justicia intergeneracional. El futuro no se hereda, se construye —y se construye conjuntamente—. El mayor legado no es un patrimonio material, sino una responsabilidad compartida: aprender a vivir en solidaridad entre generaciones, cuidando el hilo invisible que une el pasado, el presente y las voces de quienes aún no han nacido.
