Mikel Aranburu: "Es absurdo decir que no se pueden cambiar las tradiciones, porque se cambian todo lo que hace falta y más"

1999-07-02

AGIRRE, María

Elkarrizketa Mikel Aranburu, folklorista y vicepresidente de Eusko Ikaskuntza en Navarra "Es absurdo decir que no se pueden cambiar las tradiciones, porque se cambian todo lo que hace falta y más" Maria Agirre Fundador del grupo de folklore Ortzadar, hasta hace muy poco presidente del la Asociación de Txistularis de Euskal Herria, investigador de temas relacionados con el folklore. Como él mismo se define, Mikel Aranburu es folklorista y folklórico, ya que entre otras cosas toca el txistu. Sin embargo, su trabajo diario no tiene nada que ver con estos temas. Este pamplonés es funcionario de Hacienda del Gobierno de Navarra. Vaya ¡que es inspector de Hacienda! A punto de entrar en la vorágine de los Sanfermines, precisamente charlamos con él sobre éstas y otras fiestas. ¿Cómo es que le interesa el folklore, si hoy en día el folklore tiene connotaciones peyorativas? Efectivamente yo mismo así lo he notado. De un tiempo a esta parte se ha utilizado la palabra folklore con connotaciones peyorativas. Se trataría de algo tonto y anticuado. Incluso los folkloristas prefieren denominarse antropólogos culturales o etnógrafos. Ocurre que el folklore no es, entre nosotros, una disciplina universitaria. Hay sociólogos, etnomusicólogos y antropólogos pero no folkloristas como tal. Esto tiende a que se considere como una disciplina menor, cuando precisamente uno de los problemas es que muchos de los formados académicamente por especialidades tienen dificultades en cuanto al estudio del folklore. Es decir, que al antropólogo le falla la música, al músico los estudios de sociología... No quiero decir que el folklorista tenga que saber de todo, pero sí tiene que ser pluridisciplinar, hace falta la historia, la música, la antropología. Además tampoco ha habido programas de investigación racionales o sistemáticos impulsados por la Universidad, sino que, prácticamente la mayor parte de la gente que se mueve en este terreno es autodidacta, muy localista y así encontramos expertos en cadazona pero no hay estudios sistemáticos, generales o comparativos de folkore vasco con otros países. Esto se está haciendo muy recientemente. ¿De dónde le viene la afición por el folklore? Del ambiente familiar. Mi padre fue una persona muy volcada en actividades culturales, y antes de la guerra participó en movimientos culturales vascos. Después de la guerra estuvo implicado en el resurgir del folklore. Por lo tanto, hay una herencia, una tradición. Empecé a estudiar música en el conservatorio, luego a tocar el txistu, después vinieron las danzas, y así te va atrapando ese mundo. Luego, con un poco más de esfuerzo intelectual, quieres conocer el por qué, y así comencé con estudios de antropología y etnografía de forma muy libre. Por lo tanto, lo que al principio era un compromiso juvenil, luego pasó a ser más que un hobby. Además, el entorno en el que te mueves te obliga a seguir con ello. Te llaman para una cosa u otra, te piden colaboraciones... ¿Qué tipo de colaboraciones? Aparte de dar conferencias o escribir textos, me llaman de sociedades culturales para que les cuente experiencias o dar ideas en torno a la recuperación de danzas o fiestas. En mi caso me consultan hasta cómo presentar una petición de subvención, o cómo obtener el número de identificación fiscal o la exención del IVA. Según apunta, hay una continua actividad de revitalización de lo que es el folklore. Por lo tanto, valoramos la tradición, aunque no lo reconozcamos. Vivimos en un momento de eclosión del folklore. Todo pueblo, colectivo o barrio está apoyando sus señas de identidad en elementos de la cultura tradicional. Continuamente salen noticias sobre la recuperación de una fiesta, una tradición o bien la celebración de lo que llaman tradición pero que no tiene más de cinco años. Este fenómeno es bastante universal en el mundo occidental, pero tal vez en Euskal Herria se nota especialmente bien porque la necesidad de autoadscripción es mayor o, simplemente, porque estando aquí lo vemos desdecerca. La defensa de la identidad ante un nacionalismo hegemónico, está ocasionando que la búsqueda de elementos autóctonos para reconstruir la propia identidad esté en auge. Todos los días se están recuperando danzas o fiestas con mejor o peor criterio, pero con mucho interés. Frente al carácter peyorativo de la palabra folklore, la gente se está volcando en muchas actividades relacionados con el folkore. Hay una especie de retorno a la cultura tradicional como lugar de encuentro con la colectividad. Por lo tanto, la colectividad necesita que la fiesta tenga señas de identidad propias, es decir, que no sea igual que la del vecino, que tenga su ritual, su melodía, su danza o su concurso. Tal vez todo esto sea fruto de una sociedad post moderna, más ociosa, ya que tenemos más tiempo y recursos para dedicarnos a este tipo de actividades. Esto llama la atención en época de globalización. ¿Ocurre que las comunidades tienen miedo de perder su identidad? Yo diría que hay una cultura de masas homogeneizante, la cual nos viene fundamentalmente desde EE.UU de la que no podemos escapar. Pero a la vez, ésto está provocando una reacción natural en cuanto a defender las formas de vida de cada uno. Esta reacción es más de tipo intelectual, deliberada. Determinados grupos o personas impulsan una especie de reacción ante la cultura homogeneizante. Esto es algo general. En contra de los que opinan que la cultura universal es la uniformidad, pienso que es la cultura tradicional la que precisamente comparte todo el mundo. Uno está contento y en armonía cuando está en su ambiente cultural y por lo tanto en armonía hasta con los aborígenes australianos que hacen lo propio en su lugar. Compartimos armonía. Aunque parezcan palabras vacías, ésto se nota cuando viajas y estás con personas de otros países que viven la cultura tradicional y su recuperación. Te das cuenta de que la sintonía es perfecta, ya que cada uno en su tierra hace lo suyo con respeto a los demás y cada uno se siente cómodoy en equilibrio con el universo. Aprendiendo de los demás. Ni que me impongan todas las pautas culturales desde fuera, ni tampoco que me encierre en lo mío. Es mentira que se pueda vivir de una forma autóctona. La autenticidad, lo auténtico en folkore no existe. Todo es fruto de intercambios, innovaciones y procesos de sedimentación. El problema de la reconstrucción de una fiesta es que no se puede reconstruir como si fuera una muralla o una pintura. Una fiesta fue de tal manera en una época concreta, pero antes y después fue distinta. Hay que ser relativos, y no tomar el concepto de autenticidad de forma que lo sacralicemos. ¿Qué recomendación les da a los grupos que quieren recuperar una fiesta? Les recomiendo hacer un trabajo de investigación histórico, documental y de testimonios vivos. Tienen que fijarse en la época que quieren reconstruir o revitalizar la fiesta y en principio la época es la actual. Por lo tanto, tienen que buscar elementos que tienen que coincidir con lo que fue nuestro pasado próximo. Captar el espíritu o la sensibilidad de la colectividad más que el detalle. Normalmente ésto lo hacen los grupos autóctonos de forma espontánea porque saben lo que quiere la gente. Lo malo es cuando la recuperación de la fiesta se lleva a cabo de forma iluminada por personas extrañas al alma popular. Esto tiene el peligro de que se note la creación personal detrás de la colectiva, una contradicción de la cultura popular que es, por definición, anónima. A la hora de reforzar la fiesta existirá el peligro de desvirtuarla. La fiesta es una construcción cultural del colectivo humano, y por lo tanto es viva y cambiante. No hay nada auténtico, el folklore no es fijo. Es decir, que se inventa e innova continuamente. Toda fiesta tiene su adaptación y modificación en función de las necesidades, gustos o características del grupo o colectivo. Se desvirtúa en cuanto al criterio subjetivo del que lo juzga. Esto se ve cuando hacemos trabajos de campo. En general, casi todala gente mayor dice que las fiestas antes eran mejores porque se ha perdido esto o lo otro, pero seguro que sus abuelos decían lo mismo. Ese juicio de desvirtuación es subjetivo. Para empezar, las fiestas antes eran mejores porque ellos eran jóvenes. Creo que hay que ser cauteloso a la hora de juzgar que una fiesta se ha desvirtuado en algo. Habría que analizar cada caso, pero en la medida en que el pueblo haya sido el que espontáneamente ha ido cambiando y aún y todo la fiesta cumple su función, pues no creo que se pueda decir que se haya desvirtuado. Otra cosa es que una fiesta, en sí misma, reproduce tensiones sociales que existen en la colectividad durante todo el año. El poder normalmente intenta controlar la fiesta, y entonces ahí sí que la fiesta se puede desvirtuar, ya que dejan de ser populares para ser más oficiales o administrativas. Esto es algo que ha pasado en pocos años con muchas de las expresiones culturales de nuestro país. En dos generaciones, lo municipal ha sustituido a lo colectivo. Antes eran los mozos de los pueblos los que organizaban las fiestas, procuraban los fondos, contrataban los músicos... Ahora hay un programa oficial de festejos y son los ayuntamientos los que organizan todo. Desde un punto de vista de progreso democrático parece que hemos avanzado, ya que esto se hace con dinero público obtenido según el principio de capacidad de pago. En contra, se ha perdido lo que era espontáneo y colectivo. Son una serie de agentes culturales ligados a instituciones los que deciden cómo va a ser la fiesta. Pero cuando hablaba de control por parte del poder, no me refería sólo a organizar el programa, sino que el poder suele querer controlar la fiesta misma. Hay determinadas actitudes que no gustan al poder y que se intentan desplazar. Por ejemplo, se intenta axfisiar a ciertos ambientes. En Sanfermines está clarísimo que el poder quiere una fiesta que sea políticamente indiferente, y turísticamente atractiva. Es un San Fermín de punta en blancoel que gusta más al poder. Pero la ventaja de San Fermín es que todo el mundo cabe, es integrador. Dentro de pocos días comienzan los Sanfermines. ¿Disfruta de estas fiestas? Sí, muchísimo. Desde que nací he vivido todos los Sanfermines, lo cual supone que a mi edad, he pasado todo un año de mi vida en Sanfermines. En mi caso además, al ser txistulari, tengo una participación activa en la fiesta. Tengo la obligación de estar en la fiesta. Prácticamente participo todos los días. Precisamente este año cumplo 25 años en la Banda Municipal de Txistularis de Iruñea. ¿Por qué tienen tanto éxito los Sanfermines? Creo que es una fiesta auténticamente popular, muy libre. Una fiesta en la cual la gente puede ser tal como es. A pesar de que es una gran farsa, tiene reglas muy amplias. Aunque como en toda fiesta haya códigos internos no escritos de comportamiento, éstos son tan amplios que toda la gente se integra. En relación a lo que antes decía, creo que su éxito radica en que, pese a sus ímprobos intentos, nunca el poder ha domeñado totalmente la fiesta. La fiesta reproduce tensiones sociales y viene a legitimar el orden establecido, pero también es escuela de libertad. Hace años que participa en la procesión de San Fermín. ¿Ha cambiado en algo, o siempre se celebra de la misma manera? Este es un tema curioso. La procesión de San Fermín es casi medieval. Es un abigarrado desfile cívico religioso, muy apreciado en los últimos años. El protocolo como tal es el mismo que hace cuatrocientos años, y en Pamplona alardeamos de tener un patrimonio cultural intacto. Ahora bien, mirándolo desde dentro, yo en estos veinticinco años no he vivido dos procesiones iguales, todas han sido distintas en los pequeños detalles: porque determinadas representaciones desaparecen, porque se altera el orden de los cuerpos participantes, o el itinerario, porque se añaden nuevos elementos... Sin entrar a valorar el espíritu y la simbología. Siendo sacrosanta e intocable, no hay dos años en que sehaya realizado exactamente de la misma manera. Esto visto desde dentro, ya que para cualquier pamplonés la procesión siempre es la misma. Ahí está la magia del folklore; se pueden ir cambiando elementos poco a poco aunque siempre se crea que es lo mismo. La participación de la mujer también es interesantísima. Cuando yo empecé, la procesión era totalmente masculina. Luego empezaron a entrar chicas en la banda de música, txistularis y gaiteras en la comparsa de gigantes, después vinieron las concejalas... aún hay cuerpos o estamentos vedados a la mujer. La participación de las mujeres en algunos actos tradicionales suele ser conflictiva, ejemplo de ello son los Alardes. ¿Qué opina sobre estos casos? En muchos sitios la mujer se incorpora a la fiesta con naturalidad y en otros hay verdaderos problemas. La conclusión que estoy sacando es la siguiente: cuando la tradición ha perdido valor y se revitaliza o se recupera, parece ser que no hay problema en que la mujer se incorpore. En cambio, cuando la tradición se ha mantenido desde siempre y es de varones, suele haber gente en contra de que haya cambios de esta naturaleza. Esto hay que explicarlo mejor. Hay determinadas fiestas en las que las connotaciones internas, no escritas, a lo mejor están simbolizando viejos roles de autoridad masculina. En los Alardes hay, por ejemplo, cierta manifestación de poder por parte de las familias que nombran a la hija como cantinera de la compañía y están obligados a invitar a toda la compañía a cambio de un reconocimiento. Esto es símbolo del estatus de autoridad económica y de poder. A través de la fiesta se reproducen patrones de autoridad, de poder y de control. La fiesta es algo más. Ser cantinera supone demostrar que esa familia está arraigada y que tiene poder. Estamos ante una fiesta que simboliza relaciones sociales, y si se cambian elementos o símbolos, como el género, se desvirtúa la verdadera función de la fiesta. No me atrevo a asegurarlo pero parece que en el fondo hay algode ésto en el problema de los Alardes. ¿Se atreve a plantear alguna solución? No hay otra que admitir la participación de la mujer en plano de igualdad. No es necesario que el Tribunal Superior de Justicia del País Vasco se pronuncie, es una consecuencia de la natural evolución de la sociedad. La judicialización aparece como una nueva fuente de innovación de las tradiciones. Es absurdo decir que no se pueden cambiar las tradiciones, porque se cambian todo lo que hace falta y más. Fotografías: Maria Agirre (excepto donde se indique lo contrario)
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