Francisco Castilla Urbano. Historiador de las Ideas: Julio Caro Baroja fue un hombre de muchos saberes que los integró en un análisis personal

2015-03-04

AGUIRRE SORONDO, Juan

La obra de Julio Caro Baroja no tiene parangón en nuestro ámbito, no solo por su volumen (fue autor de más de 700 trabajos entre estudios, artículos y libros escritos durante más de sesenta años de labor), sino especialmente por su rigor, por su clarividencia y por haber abierto nuevos caminos para interpretar los hechos culturales. Por ello, cien años después de su nacimiento, Don Julio es referencia insoslayable para quien busque entender al ser humano y sus formas de pensar, de vivir y de enfrentarse a los desafíos del mundo. Y muy especialmente para quien ambicione comprenderla sociedad vasca en su complejidad. En el centenario de Julio Caro Baroja, Euskonews entrevista a uno de los principales especialistas en el pensamiento y en la metodología del “sabio de Itzea”: el profesor Francisco Castilla Urbano.

Una conversación en torno a Julio Caro Baroja ha de empezar aludiendo a sus influencias familiares.

Sí, sin duda. La obra de Don Julio es una obra que tiene unos lazos enormes con las de su tío Pío, también con las de su tío Ricardo, y lo que es su vida con su propia madre. En fin, hay varias autoridades presentes en un momento u otro de su trayectoria, pero sin duda la persona que más le influye, incluso desde el punto de vista del carácter y la visión del mundo, es el gran novelista Pío Baroja, autor de una obra sobre lo vasco, sobre lo social, pero además un auténtico recopilador de libros, creador de una biblioteca enorme como la de Itzea que va a ser decisiva en la formación de Don Julio.

El análisis social de Julio Caro Baroja: empirismo y subjetividad. Se trata del primer estudio global de la trayectoria, el método y la producción de Julio Caro Baroja.

Historiador, antropólogo, folklorista, etnógrafo, lingüista, estudioso literario, a veces incluso sociólogo y analista de la actualidad... Pero lo más impactante es que todo ello lo integró en una visión personal omnicomprensiva que da sentido a las partes y al conjunto.

De hecho, en distintos momentos a lo largo de su vida él mismo se definió de maneras diferentes. A veces se consideraba historiador, a veces antropólogo, a veces se declaraba como estudioso de la Antigüedad... La suya es la obra de un hombre que supo abarcar muchos saberes, y sobre todo darle su propio sesgo, su propio análisis personal a todo lo que hacía. Sí, la obra de Don Julio solo puede compararse con la de grandes polígrafos como un Menéndez Pelayo, un Menéndez Pidal... personalidades de una gran influencia en nuestra cultura.

Usted se ha ocupado de manera profunda en desentrañar la metodología carobarojiana y de ello podría hablarnos a fondo, pero resumidamente: ¿fue un heterodoxo en cuestiones de método?

De hecho, fue una de las cosas que me atrajo en su momento y me animó a estudiarlo: la cuestión del método. Había personas que decían que carecía de método, que en realidad no se le podía reconocer ni siquiera como antropólogo porque no seguía las pautas que se consideraban fundamentales dentro del gremio.

En realidad, Don Julio se convierte en un heterodoxo metodológico con el paso del tiempo. Es decir, desde que se relaciona con Barandiarán, con Aranzadi y demás, va asimilando distintos métodos antropológicos, después incluso de carácter histórico, y poco a poco se va alejando de una militancia más fija, de un método a fuerza de ver pasar muchos de ellos; se va quedando con cosas de aquí y de allá, y configurando su propio método. Se puede decir que fue un heterodoxo, o desde otro punto de vista, alguien que anticipa cosas que después han sido asumidas por distintas tendencias. Pero no porque fuera ajeno a los métodos, sino porque en realidad los fue asumiendo poco a poco todos ellos, y con el paso del tiempo se dio cuenta de que era mucho más libre y más rico lo que hacía si seguía sus propias pautas.

Alguien definió su trabajo historiográfico como “historia chica”: o sea, no una historia de reyes, generales y caudillos, sino historia de la gente común y de sus cambios, la cual también juega un papel influyente en la “historia grande”.

La idea de que lo que hace Don Julio es “historia chica” la enunció en su momento Davydd Greenwoody creo que es muy acertada. A él lo que le interesan son estos personajes que no son grandes personalidades de la historia pero que llaman la atención por algo excepcional, incluso por alguna locura como Lope de Aguirre. En ese sentido, los saca del anonimato y pone de relieve su personalidad, aquello que de alguna manera ha contribuido a hacerlos famosos. Como herencia de su tío Pio, manifiesta una cierta ternura en el tratamiento de estos personajes, una simpatía por ellos que se ve en las descripciones que hace de los distintos tipos.

En su libro escribe usted: “Entender la mente de la gente común resulta con frecuencia bastante más arduo que comprender la de los grandes pensadores”. Esto nos lleva a interesarnos por la “historia de las mentalidades”, disciplina de la que don Julio fue un precursor. ¿Cómo se puede definir?

Creo que es una gran aportación a partir de los años sesenta sobre todo, aunque hay algún antecedente en libros anteriores. Por ejemplo, en El señor inquisidor y otras vidas por oficio retrata muy bien esas mentalidades a veces retorcidas pero a veces simples, en muchas ocasiones descolocadas con respecto a lo que era la tendencia predominante en una época; o describe a sujetos que se empeñan en atenerse a un oficio, a una realidad u obligación que asumen. Se les considera incluso locos, porque mantienen unos valores que han quedado fuera de la época, que pertenecen a un tiempo extinguido. En ese sentido, es interesantísimo ver ese choque permanente de mentalidades que implica mucho conflicto, sobre todo para las personas que están afectadas por ese quedarse fuera de su tiempo. Y resulta apasionante la manera que tiene Don Julio de presentarlo. Julio Caro Baroja, Ander Manterola y José Miguel de Barandiarán (de izquierda a derecha).

Claro, de ahí la postura que adopta cuando dice de un personaje “pongámonos en su mundo para comprenderle”. Que luego se convierte casi en una declaración de principios en el título Las brujas y su mundo, obra precursora de la historia de las mentalidades entre nosotros.

Sí, ese esfuerzo por situarse en los problemas desde la propia conciencia del sujeto, sin importar cuánto de subjetividad expresa el estudio, pero intentando recoger lo que siente el individuo, y por qué actúa como actúa, y todo ello situándolo en su propio contexto... Aunque nos parezca que es un individuo que en otras condiciones llamaríamos “loco” y tenderíamos más bien a encerrar. Creo que es uno de los grandes méritos de Don Julio, que repitió muchísimo y que da un enorme atractivo y un enorme mérito a sus obras.

Es importante la consideración que daba a la cultura material como esencial para la comprensión de la vida espiritual de personas y de pueblos. Por ejemplo, la vivienda vasca; o también, cuando investigó en el Sáhara. Ese acercamiento a través de lo material cotidiano revela toda una impronta etnográfica.

Sí, tanto por su formación original con Barandiarán, Aranzadi, Trimborn, etc., como por sus trabajos sobre historia antigua, siempre mantuvo un gran interés por lo material, desde los objetos cotidianos hasta la casa. De eso se nutren obras como Los pueblos del Norte o Los pueblos de España, así como sus Estudios vascos o La casa navarra. Además, su trabajo de diez años al frente del Museo del Pueblo Español le encaminó a la recopilación de aperos e instrumentos de la casa tradicional, que veía desaparecer a marchas forzadas.

Sin embargo, la cultura material, que inicialmente es el complemento de sus estudios sobre el mundo social, va siendo poco a poco desplazada por su interés hacia las mentalidades, la personalidad, la biografía, etc., hasta pasar a ocupar una posición estructural para el análisis de estas: los archivos, la literatura de cordel, los textos literarios. Una materialidad que se expresa cada vez más ideológicamente. En sus Estudios saharianos, que está al inicio de este proceso, aunque no se le escapan los ganados, las tiendas y campamentos de los saharauis, es la biografía, sus cantos, sus relatos, etc., lo que reclama su atención.

La mayor parte de su producción puede ser interpretada como un esfuerzo por desenmascarar los tópicos de los pueblos a la luz del conocimiento empírico. ¿De dónde nace esa preocupación contra los tópicos y los lugares comunes?

No sabría decir exactamente el origen, pero lo cierto es que es muy característico, y no sólo aplicado a los mitos políticos o a los mitos étnicos, tanto vascos como españoles, sino también a otros que están muy frecuentemente en la mente y en la conversación: el hombre de campo, el mar como un lugar peligroso... Él analiza esos tópicos que todos tendemos a repetir con cierta ingenuidad sin darnos cuenta de que no tienen un fundamento válido, y demuestra la complejidad de esas situaciones, lo que debería llevarnos, por lo menos, a recapacitar sobre esas creencias básicas que no responden con frecuencia a la realidad por más que tendamos a repetirlas.

Julio Caro Baroja.

Julio Caro Baroja se inició en la antropología de la mano de José Miguel de Barandiarán, y su amistad duró toda la vida. Sin embargo, sus diferencias intelectuales fueron de mucho calado, tan es así, que uno y otro ofrecen dos visiones de la cultura y la identidad vasca casi opuestas. Básicamente, ¿cuáles eran esas “discrepancias sobre la sociedad vasca”?

La fundamental es que Barandiarán se fija en una sociedad vasca que es casi del siglo XIX o incluso anterior. Una sociedad agrícola, encerrada en el caserío, una sociedad que en realidad había dejado de existir prácticamente en los tiempos de la República y que después de la Guerra Civil española va a mutarse de manera aún más acelerada.

Don Julio tiende a insistir en que la sociedad vasca es muchísimo más compleja. No es una sociedad rural, no es una sociedad que se pueda identificar con el caserío, con lo agrícola, sino que hay mucha industria, hay ciudades, hay conflictos entre el campo y la ciudad. Además, el idioma vasco tiene también su propia situación, que en un momento dado casi es de emergencia, porque está desapareciendo, aunque luego va a experimentar un rebrote.

El contraste estaría en la simplicidad, digamos, de la sociedad vasca presentada por Barandiarán frente a la complejidad de la presentada por Don Julio.

Añadiendo a eso que Julio Caro Baroja no creía que la variable étnica fuera una herramienta útil para la antropología.

Por supuesto, y de ello dio ejemplo multitud de veces. Lo que ocurre es que en el caso de Barandiarán eso ha sido muy criticado. Caro Baroja nunca se refirió personalmente a Barandiarán como objeto de esa crítica, pero es evidente que su obra significa una discrepancia absoluta con los principios y con los desarrollos que llevó a cabo Barandiarán.

A quien interese profundizar en este tema le recomendamos el artículo del profesor Francisco Castilla titulado Amistad y discrepancias sobre la sociedad vasca. Las relaciones entre José Miguel de Barandiarán y Julio Caro Baroja (Revista de Occidente 295, 2005).

Si hubiera que quedarse con una gran lección de Caro, acaso sea la de que toda cultura es cambiante, todo lo humano es dinámico, inestable, conflictivo... Hoy esto suena como algo posmoderno, pero él lo demostró hace ya cincuenta años.

Efectivamente, uno de los aspectos interesantes de la obra de Don Julio es su insistencia en analizar el conflicto. No es un conflicto al estilo marxista, de clases sociales, de ricos y pobres, sino un conflicto que puede enfrentar a la ciudad contra el campo, las novedades contra la tradición... Es decir, es un conflicto diferente, más rico. Él es bastante refractario al análisis del conflicto en términos marxistas de clases sociales. Pero eso no quita para que los análisis que hace no sean conflictivos. Me estoy acordando ahora, por ejemplo, de cómo presenta la religiosidad de los siglos XVI-XVII en términos radicalmente conflictivos (en Las formas complejas de la vida religiosa). Me parece que ahí hay una clave muy interesante y muy rica para la comprensión de su obra. Francisco Castilla Urbano Francisco Castilla Urbano es profesor en la Universidad de Alcalá, donde dirige el Departamento de Historia y Filosofía e imparte las asignaturas de Historia del Pensamiento Político, Historia del Pensamiento Español y Filosofía. Además de varios trabajos y artículos sobre aspectos concretos en torno a la obra, al pensamiento y a las relaciones intelectuales de Julio Caro Baroja, es autor del libro El análisis social de Julio Caro Baroja: empirismo y subjetividad. Se trata del primer estudio global de la trayectoria, el método y la producción de Julio Caro Baroja.
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