Leopoldo Zugaza. Promotor Cultural: El totalitarismo no desaparece con una ducha matinal

2011-09-30

VELEZ DE MENDIZABAL AZKARRAGA, Josemari

Hay personas sobre las que emitir una definición es ejercicio poco menos que imposible. Poliédricas en su quehacer profesional diario, van dando a su personalidad un toque de distinción muy difícil de encasillar, debido en gran parte a la dinámica sin pausa de sus protagonistas. Leopoldo Zugaza es uno de esos personajes a quien podemos considerar como el más inquiero de los impulsores culturales de este país.

Nacido en Durango, 1932, en plena Segunda República y a poco de distancia en el tiempo del bombardeo de su pueblo... ¿Cómo recuerda aquella época?

Comencé en el colegio en el año 1936. El 31 de marzo de 1937 estaba preparándome para asistir a clase cuando se inició el bombardeo. Nos refugiamos en un caserío de Orobio, barrio de Iurreta. El reflejo que como niño tengo del bombardeo, además de los propios aviones que avistábamos desde la huerta, es que aquello se trataba de un espectáculo. Pero lo que impresionaba era la actitud de los mayores, la sensación de miedo y desorientación que transmitían. Recuerdo un señor, empleado de mi padre y antiguo trabajador de la Diputación de Bizkaia, que vino a donde estábamos los chavales y le dijo aterrorizado a mi padre que en el pueblo había muchos muertos. Esa imagen no se me olvida.

El ambiente posterior de la guerra en nuestra tierra lo considero como un recuerdo especial transmitido con un comentario que se solía hacer: “En tiempo normal esto no ocurría” Es decir, que asumíamos que la situación en que nos encontrábamos no era la normal. Las medidas políticas y de otro género que se tomaron desde entonces eran lo anormal.

¿Y cómo es su proceso iniciático, para llegar un día a ser lo que Juan Aguirre ha definido como un “raro ejemplar de hombre intelectualmente ambidiestro, en la medida en que su sensibilidad reflexiva se complementa con una enorme capacidad de acción”?

He nacido en una familia de lectores, con una biblioteca importante para la época. Yo comencé el bachillerato en Durango con los jesuitas, donde se impartía preparatorio y los dos primeros cursos. Luego nos atendió un único maestro de escuela que nos impartía todas las asignaturas del bachiller. Pero nos enseñó algo fundamental: pensar, razonar. No existían bibliotecas públicas, ni servicio cultural alguno, pero se nos inculcó una gran curiosidad por lo desconocido. Algo que, haciendo un paréntesis, no encuentro yo en nuestra sociedad actual. En mi opinión hay dos fundamentos del conocimiento: la curiosidad y la duda. Y detecto en los organismos oficiales una falta de interés por sembrar semilla adecuada en esos dos elementos básicos.

Aquella curiosidad mía originó que con dieciséis años, interno en un colegio de Vitoria, cogiera en mis manos diariamente el ABC, para leer la tercera página, donde determinados intelectuales escribían sus pensamientos. Fue entonces también cuando leí el primer libro de la colección Austral, inicialmente editada en Buenos Aires, y a la que habría que hacer un monumento en la puerta de cada escuela. Aquellos libros los leía con avidez. Acceder a aquel tipo de contenido era un constante descubrimiento. Hay que tener en cuenta que en el año 1948 no había más que cuatro bibliotecas públicas en todo el País Vasco. La Diputación de Guipúzcoa no tenía biblioteca propia, sino que se trataba de la de la Sociedad de Estudios Vascos, depositada desde la guerra en el palacio foral. Ni qué decir que las salas de exposiciones, museos etc. o no existían o estaban reducidas a la mínima expresión. Por lo tanto, la lectura era a lo más que se podía llegar, con un poco de sacrificio. Ese fue mi paso inicial.

Posteriormente, por razones de curiosidad e incluso como complemento de algún negocio familiar, empecé en Durango a organizar concursos de dibujo para los jóvenes. Por otra parte, solíamos acudir a la librería Villar de Bilbao, y comprábamos los ejemplares de la colección salesiana dedicados a teatro juvenil, a los que la moral de la época clasificaba en aptos para varones y para hembras. Llevabamos los libros a Durango y los leíamos y en verano los representábamos en funciones preparadas por nosotros mismos. Otro campo de actuación tenía el cine, mundo en el que incluso he deseado participar desde dentro. Se trataba de intuiciones culturales acerca de por dónde debíamos ir. Aquellas pinceladas fueron conformando mi universo de preocupaciones, de curiosidades.

Tras mi matrimonio, los ratos libres los empleaba en redactar estatutos de una asociación, que yo le llamé Gerediaga...

Perdone que le interrumpa. En sus albores como entusiasta promotor cultural está el mundo de la literatura y ha citado a la colección Austral, que tiene su origen en Buenos Aires. Y existe otra colección, también nacida en la capital argentina —la colección Ekin— que supondrá una de las primeras piedras que conforman su edificio de cultura vasca, ya que seguro que aquí pocas otras oportunidades tendría...

Efectivamente, las dos colecciones tienen similitudes. Pero antes de conocer Ekin yo ya solía acudir a la biblioteca foral de Bizkaia, que era el gran depósito de libros dedicados a la cultura vasca. Darío Areitio había realizado una gran labor en aquella biblioteca, que nos permitía acceder a un mundo extraordinario y para nosotros desconocido hasta entonces. Igualmente, la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País comenzó a realizar una labor interesante y recuerdo que asistí en la Biblioteca de la Diputación de Bizkaia a la presentación del libro “El País Vasco visto desde fuera” de Fausto Arocena. Era el año 1949. Entonces supe de la existencia de un tal Americ Picaud. De la oscuridad absoluta de los inicios de la postguerra pasamos a vislumbrar unos hilos de luz...

Y decía Vd. que en aquel ambiente comenzó a preparar los estatutos de Gerediaga...

Yo ya había leído temas relacionados con la merindad de Durango, por ejemplo la “Historia General de Vizcaya y epítome de Las Encartaciones” de Juan Ramón Iturriza, publicada en plena guerra, y que supuso para mí una especie de revelación. De forma similar me impactó la obra de Florencio Amador Carrandi, “Archivo de la Tenencia de Corregimientos de la merindad de Durango. Catálogos de los manuscritos, lista de los Tenientes y Monografía de la merindad”.

Yo estaba interesado en preparar una entidad que centrara la actividad cultural de Durango y sus alrededores. Por eso que preparara unos estatutos que, todo hay que decir, estuvieron durmiendo su sueño durante seis años en un cajón, justo hasta que se promulgó la ley de asociaciones de 1964. Comprobé que los requisitos exigidos se cumplían con los estatutos que había preparado. Así que llamé a varios amigos de Durango y de los otros doce pueblos que conforman la merindad y les expuse el proyecto. Se aceptó la formación de Gerediaga y presentamos los documentos requeridos en el Gobierno Civil. Y fueron admitidos y aprobados.

Leopoldo Zugaza nació en Durango en 1932.

Desde entonces viene funcionando Gerediaga. Al principio con un programa de actividades muy genéricas, pero también bastante dispersas y ambiciosas. Se programaron desde cursillos de productividad hasta una feria del libro, que la propuse yo. La recepción de esta idea no resultó, precisamente, muy calurosa. Pero la pude sacar adelante. Para ello durante un mes, y acompañado por mi mujer, estuve recorriendo todas las editoriales que trabajaban tema vasco. Incluso fui a Aranzazu para hablar con Luis Villasante y rogarle que la publicación del “Gero” editada en castellano en la colección promovida por Pedro Sainz Rodríguez sobre místicos españoles estuviera en aquella primera feria. En Aranzazu conocí también a Joanmari Torrealday, enfrascado para entonces en la publicación de “Jakin”, aún a multicopia. Y la feria constituyó gran éxito. Fue como levantar una tapa de un arca que hubiera permanecido cerrada durante años y años. Estábamos en 1965.

A propósito ¿cómo ve la actual feria?

La visita a la feria resulta agobiante. Esto lo dice cualquiera que acude a Durango. El haber dado cabida al disco, cosa que en un principio quizás tenía una justificación, ha llevado a esta situación. Las dos áreas, en mi entender, tienen vida propia y se justificarían por separado, cada una con un aprovechamiento más racional.

Ya hemos visto a Leopoldo Zugaza iniciándose como impulsor en el área del libro y la lectura. Pero Vd. ha incidido también en otras disciplinas como las artes plásticas y la fotografía. Ha ejercido de editor...

Nuestros comienzos se dieron en momentos interesantes para la historia de la cultura de este país. En Durango conseguimos un local donde organizábamos exposiciones artísticas. A través de la galería bilbaína Grises de José Luis Merino conseguí material para las primeras muestras. Yo pensaba entonces, con la misma intensidad con que lo hago ahora, que en los pueblos debemos tener el mismo derecho que en las capitales a disfrutar del arte. Este no puede ser exclusivo de lugares escogidos ni de determinadas personas. Cada pueblo debe contar con un servicio ajustado a su medida, tiene derecho a ello. Nosotros nos iniciamos con un local prestado por un particular. Pero dio la casualidad que el Ayuntamiento abordó las obras de remodelación de la Plaza del Ezkurdi y solicitamos de manera formal que se habilitara una sala de arte permanente. Y tres amigos nos presentamos voluntarios para su gestión. Se aprobó la propuesta y organizamos más de una centena de exposiciones. Pasaron primeras firmas de nuestro arte: José Luis Zumeta, Carmelo Ortiz de Elguea, Nestor Basterretxea, Eduardo Chillida, Rafael Ruiz Balerdi y un largo etcétera. Pero igualmente dábamos oportunidad a los nuevos valores. Corrían los años 1972-1975.

Tras la muerte de Franco, las Cajas de Ahorros vascas cambiaron de criterio, dando más empuje a la cultura. Y es entonces cuando me propusieron de la Caja de Ahorros Vizcaína hacerme cargo del asesoramiento del área cultural.

De impulsor de exposiciones en Durango a Vicepresidente del Museo de Bellas Artes de Bilbao...

En mis tiempos de estudiante había sido un muy buen cliente del Museo de Bellas Artes de Bilbao, el museo del Parque, como le llamábamos entonces. Me encantaban los días con luz no agresiva. Entonces sólo había iluminación cenital, no se había instalado la eléctrica. Cuando llegué a la Caja, una de las líneas que abrí fue la correspondiente a becas para investigar en la historia del arte. Y comenzamos a colaborar con el Museo, que se encontraba en muy mala situación económica. La primera exposición que organizamos fue una de José Maria Uzelay, en base a un trabajo que estaba llevando a cabo Cosme de Barañano gracias a una de aquellas becas. A medida que fui intensificando la relación con el Museo me fui dando cuenta de las posibilidades que guardaba aquella pinacoteca. Y dio la casualidad que se me planteó entrar en la Junta del Museo, con el cometido de reorganizarlo con un plan a medio y largo plazo.

Planteé la creación del archivo, la biblioteca y el gabinete de obra gráfica. Como anécdota puedo decir que a alguien de la Junta directiva se le ocurrió añadir una cafetería, cosa con la que no estaba muy de acuerdo, pero no quise discutir en aras de sacar adelante mis propuestas. Un personaje muy importante en la vida del Museo había sido Lorenzo Hurtado de Saracho, alcalde de Bilbao en dos ocasiones, que había apoyado entusiastamente todo lo relacionado con aquél. Solía visitar el Museo una vez cerrado al público, y en el recorrido le acompañaba el director. En cierta ocasión, en ausencia de éste, me tocó asistir a Don Lorenzo, y durante un momento nos detuvimos a observar las obras que se estaban llevando a cabo. Con la naturalidad que le distinguía me comentó que estaba de acuerdo con todo lo que había propuesto... excepto con la cafetería.

Vamos recorriendo por distintos hitos en su trayectoria cultural Gerediaga, Liburu Azoka, Caja de Ahorros y Museo. Y llegamos al actual Photomuseum en Zarautz, pero antes están también Olerti Etxea, un proyecto pluricultural etc. las cuales son muestras de una inquietud sin parangón en nuestro país...

Aún viviendo en Durango planteé a Patxi Zurikaray, alcalde de la localidad, la creación de un Museo de Arte e Historia. Así mismo, en Gernika tomé parte en la propuesta del Museo Euskal Herria en Gernika. Y estuve presente en la promoción y gestación de algunos otros más.

Durante mi actividad en la Caja había tenido una gran relación con el mundo de la fotografía. Y quise organizar una Escuela de Fotografía. Pero la idea fracasó, motivado por la frialdad con que las autoridades políticas y las académicas recibieron el proyecto. Fue una muestra más de la irreflexión tan característica de muchos de nuestros mandatarios.

En una ocasión en que en Zarautz conversaba sobre fotografía con Ramón Serras volví a desenterrar la idea original y le planteé preparar un Museo sobre Fotografía. Ramón es un gran coleccionista, y con la suya y algunas cosillas que tenía yo era más que suficiente para echar a andar. Con la ayuda de la Kutxa de Gipuzkoa hicimos el boceto de lo que entendíamos debía de ser el Photomuseum. El Ayuntamiento nos cedió dos pisos del actual edificio y así, con sucesivas ampliaciones, hemos llegado hasta hoy.

En 1985 funda el Museo de Arte e Historia de Durango; confundador del “Photomuseum” de Zarautz.

Por otra parte, como algo muy íntimo había creado también en Zarautz lo que denominé Olerti Etxea, donde ofrecíamos representaciones de teatro en euskera de obras traducidas de la literatura universal: Chejov, Brecht, Auster. Guardo un libro de los que publiqué como Olerti Etxea con tres obras de Paul Auster en euskera, firmado y dedicado por éste, cuando estuvo en Donostia como presidente del Festival de Cine. Paralelamente ofrecí una veintena de conferencias sobre historia de Guipúzcoa, cerca de treinta sobre historia de la literatura vasca, multitud de presentaciones de libros, recitales de poesía, etc. Se puede decir que diariamente programaba algún acto. Tuve que parar porque sufrí un infarto y me prohibieron seguir con aquello.

Pero no pude dejar de trabajar en una de mis constantes preocupaciones desde que comencé la inmersión en el mundo cultural vasco: la bibliografía. La considero piedra angular de cualquier desarrollo de investigación. Hemos tenido unos grandes impulsores de bibliografía, como Jules Vinson, Genaro Sorarrain y Jon Bilbao, pero se ha venido quedando relegada, habiéndose cambiado hasta la propia denominación, desapareciendo de los planes de estudio la palabra bibliografía para pasar a denominarse documentación. Desde la Caja de Ahorros había impulsado la reedición de los libros de Vinson y Sorarrain, iniciando una colección bibliográfica, y ahora que ha desaparecido desgraciadamente Olerti Etxea, me estoy dedicando en cuerpo y alma al impulso de la bibliografía vasca. Tal es así que acabamos de organizar el I Congreso Vasco de Bibliografía, desde el Instituto Bibliografico Manuel de Larramendi que he creado con ese objetivo. Publico una revista que he bautizado “De re bibliographica”.

Aprovechando que estamos charlando en Zarautz, y haciendo un símil, me gustaría saber si la trainera que ha venido tripulando Leopoldo Zugaza en todos estos años ha encontrado la ola favorable o ha tenido que remar contra corriente...

En cualquier empeño humano hay dificultades. Si no hubiera resistencia del suelo no podríamos andar. Es decir, hay necesidad de una fuerza contraria para poder saber conducirse. ¿Que hay mucha incomprensión? Es cierto. Hay una irresponsabilidad en muchas personas que deberían ser más conocedores de lo que se traen entre manos. No se puede hacer, por ejemplo, una ley de museos, en la que no sobresalen más que las amenazas y los castigos. No hay ni mención a lo que la administración pública aporta, pero en el articulado solamente falta por mencionar la pena de muerte y los campos de concentración para los que no cumplan una serie de requisitos. La citada ley me recuerda al sindicato vertical, que era obligatorio. Siempre he dicho que el totalitarismo no desaparece con una ducha matinal. Y parece que en nuestra administración pública esa forma de pensar y actuar ha imprimido carácter. Espero que algún día alguien con sentido común destierre esta absurda ley e impulse la creatividad, sin hacer competencia a las iniciativas privadas.

Estamos acostumbrados a que nuestros gobernantes se marquen como legado de su paso por el cargo una obra piramidal —pirámide, por el tamaño— olvidándose del magma que supone la creatividad individual. Parece que tienes que pertenecer a algún grupo, cofradía o sanedrín para poder avanzar. ¿Es que Lázaro Galdiano perteneció a alguna comisión de esas al uso? ¡No! Era una persona consecuente con sus gustos y posibilidades, que creó una colección importantísima de obras de arte y que además fue editor. Nadie le exigió que formara parte de ningún grupo.

¿Cree que el racionalismo funcionarial es cada vez más alarmante?

Yo creo que sí. Y ya no tanto del funcionario, sino del político en sí, por su afán de concentración. Incluso ha habido una frase de un político queriéndonos mostrar la necesidad de hacer del País Vasco “la ciudad”, la “hiria”. ¿Pero a dónde nos quieren llevar? Deberíamos recordar más a menudo aquello de ¡Un führer, un pueblo, un imperio” o la otra que proclamaba “Una, grande y libre” La unidad es indivisible. Y si se fuerza, el producto que resulta es una serie de quebrados, que además de la acepción matemática la palabra significa ruptura. La unidad no conduce más que a la concentración, al acaparamiento del poder. Y donde hay dictadura hay esclavos. En euskera existe otra palabra que resulta mucho más correcta y que es “elkartasuna” que significa asociación, alianza, pacto. Leopoldo Zugaza Fernández (Durango, 1932) Editor y promotor cultural vizcaino, nacido en Durango en 1932. Uno de los principales precursores de la Feria del Libro y Disco Vascos de Durango, colaboró activamente en la organización de las Fiestas Euskaras en los primeros años setenta; en 1975 comienza su labor editora de temas lingüísticos, económicos y literarios. Fundador de la duranguesa Asociación “Guerediaga” y de “Euskarazaleak”. En 1985 funda el Museo de Arte e Historia de Durango; confundador del “Photomuseum” de Zarautz. Fue asesor del Departamento de Cultura de la Caja de Ahorros de Vizcaína. Miembro de la Junta del Patronato del Museo Bellas Artes de Bilbao, así como del Instituto Labayru, la RSBAP, Eusko Ikaskuntza y del consejo de redacción del boletín de la Funcación “Sancho el Sabio”. En 1986 recibió el “Premio Andrés de Mañarikua” de la Diputación Foral de Bizkaia, que se otorgaba por vez primera. En el año 2006 Eusko Ikaskuntza le concede el título de Socio de Honor.
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