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Francis Jauréguiberry / Sociólogo

17/06/2015

Francis Jauréguiberry / Sociólogo

¿Aún podemos (de vez en cuando) desconectarnos de las tecnologías de la comunicación?

El desarrollo de las tecnologías de la información y de la comunicación (TIC), ha sido acompañado, en estos últimos veinte años, por una opinión generalmente positiva. Excluyendo los sectores económico y profesional, dónde éstas se han convertido en las herramientas indispensables en la disminución de plazos, en la coordinación de las acciones y en la generalización de la simultaneidad en un ambiente crono competitivo global, las TIC han obtenido un gran éxito con el público de masas. Son en efecto, sinónimo de inmediatez, de conocimientos al alcance de unos cuantos clics, de seguridad, de apertura y de evasión. Pero a medida que la conexión se vuelve cada días más permanente en la vida cotidiana de cada persona, estas mismas tecnologías resultan conductoras de información indeseable, de llamadas intempestivas, de una sobrecarga de trabajo, de confusión entre lo urgente y lo importante, de nuevas adicciones y de controles no autorizados, la seguridad de algunos se crea a expensas de la vigilancia de otros. Para contrarrestar estos efectos no deseados han surgido nuevos comportamientos de desconexión. Las TIC siendo el vector por el cual el exceso de información, la urgencia o la vigilancia transitan, la esperanza de escapar a algunas poniendo de lado a otras temporalmente está creciendo. La prensa regularmente hace eco y varias obras que relatan experiencias de desconexión han sido éxitos de librería. ¿Pero qué son realmente estos comportamientos, cuál es su importancia, cuáles son las maneras y qué es lo que nos dicen de nuestras sociedades llamadas de comunicación? Es para dar respuesta a estas preguntas que una investigación titulada DEVOTIC (desconexión voluntaria de TIC) se llevó a cabo durante cuatro años. Coordinada por Francis Jauréguiberry y financiada por la ANR (Agencia Nacional de la Investigación), reunió alrededor de veinte investigadores pertenecientes a cinco laboratorios de investigación[1]. Los siguientes párrafos muestran los principales resultados de esta investigación.

1. La desconexión como escape

Los casos de desconexión más espectaculares y que dieron lugar a los testimonios más difundidos son igualmente los más extremos. Todos ellos constatan una tentativa para escapar a un tipo de sobredosis de conexión. Se trata de comportamientos de escape, de crisis, de estar harto de situaciones de demandas en exceso, de saturación de información, de desbordamiento cognitivo, de acoso o de vigilancia en el cual el individuo se siente abrumado o sometido. En los casos extremos de un burn out, el rechazo de las TIC forma parte integral de las actitudes de defensa últimas que le permiten al individuo sobrevivir cuando ya no puede luchar. Estos casos, afortunadamente son escasos y tratan más de una desconexión voluntaria que busca a controlar los flujos de comunicación que de una desconexión mecánica que intenta no dejarse llevar por un movimiento incontrolable. Poniendo como ejemplo un interruptor automático que se activa, "salta", cuando la carga eléctrica se intensifica, la desconexión aquí es meramente reactiva. Los testimonios de personas que han vivido un episodio de burn out declaran que la desconexión no es voluntaria sino automática, de la misma manera que lo es el cese inmediato del trabajo. Los burn out son presentados frecuentemente como formas de derrumbamiento de sí mismo bajo el peso de una sobre carga de trabajo o bajo la presión de una demanda extrema. Pero los casos clínicos muestran que se trata sobre todo de una acumulación de un sentimiento de no poder enfrentarlo o de la ausencia de razones para afrontarlo. "No poder enfrentarlo" significa una carencia de tiempo, de recursos cognitivos, de capital cultural, de energía para tratar una cierta cantidad de correos electrónicos o de mensajes de texto claramente excesivos como para ser gestionados razonablemente, o para responder a un número de llamadas demasiado frecuentes que pueden llegar a ser perturbadoras, o aún para mantener de manera satisfactoria sus redes sociales en Internet, es decir, sin tener constantemente la impresión de estar retrasado. "La ausencia de una razón para afrontarlo" significa que a fuerza de ser solicitado para cosas urgentes e importantes que deben ser tratadas de inmediato pero que enseguida resultan insignificantes, de tanto soportar la conminación paradoxal de comprometerse plenamente y durablemente en proyectos en un mundo dominado por la flexibilidad y la adaptación, las razones de creer se erosionan y aquellas de esperar desaparecen. Es en este estado de presión que los burn out aparecen. Las TIC no los provocan pero su uso desmedido, es decir constante, vertiginoso y sin ningún distanciamiento, sí.

2. La desconexión voluntaria

Todos los comportamientos de desconexión voluntarios que hemos observado se sitúan por debajo de dichas reacciones extremas. Éstos pretenden precisamente evitar entrar en la zona roja del burn out y sufrir situaciones de una sobre carga informativa insoportable. Las desconexiones voluntarias surgen a partir del momento dónde el deseo de desconexión va más allá de una queja o de la fatiga ("Estoy agobiado", "Ya no puedo más", "Me ahogo en los correos electrónicos")y se traduce en acciones, en comportamientos y en tácticas efectivas. Se trata por ejemplo de poner en off (apagar) el móvil en ciertas circunstancias o en horarios determinados, de desconectar su correo electrónico escogiendo únicamente consultarlo de manera esporádica, de aceptar no estar constantemente conectado en las redes sociales o de negarse a ser geo localizado donde quiera que nos encontremos. De cualquier modo, la decisión viene después de una toma de conciencia, ya sea por una acumulación (la situación ya no es soportable y hay que hacer algo al respecto) o bien por un incidente critico (un suceso que hace cambiar repentinamente su punto de vista). La desconexión nunca es definitiva sino puntual, parcial y dependiente de contextos en donde "demasiado", es demasiado, en donde "todavía" ya no tiene sentido y en donde "más" se vuelve insoportable... No se trata de renunciar a las TIC sino más bien de intentar controlar su uso instaurando pausas, espacios temporales, distanciamientos. Una forma de desconexión, frecuentemente mencionada, consiste en poner el móvil en modo silencioso (y, algunos destacan, de dejarlo en el bolso, para no ver la pantalla prenderse cuando alguien llama), y otra es de dejar el ordenador portátil en la oficina. Salir a hacer sus compras, tomar un café o ir a correr sin el móvil, son solo algunas maneras de desconectarse, así como decidir de no revisar los correos electrónicos durante todo un fin de semana. Esto se refiere a "pequeñas desconexiones", nada espectaculares y de las cuales no se habla en los medios de comunicación, pero que constituyen lo esencial, por no decir, la casi totalidad de las desconexiones. La lectura de las transcripciones de decenas de horas de entrevistas llevadas a cabo con quienes se desconectan, permite obtener toda la importancia que éstos dan al tema del tiempo en su motivación para desconectarse. Las TIC son herramientas fantásticas de gestión del tiempo. Ellas permiten, en efecto, coordinar eficazmente nuestras acciones, haciendo que nuestros horarios sean más ágiles y precisos. El hecho de poder estar informado inmediatamente acerca de los últimos acontecimientos, de los horarios de los medios de transporte públicos, de citas pospuestas, etc. es sinónimo de ahorro de tiempo, de ahorro de energía y seguido, de reducción de estrés. En cuanto al Smartphone, el se convierte en una agenda inteligente: escribir una hora o una fecha en un correo electrónico que devuelve automáticamente, evitando así olvidos o búsquedas fastidiosas. Por poco que utilicemos le Cloud, la información circula en todas los dispositivos que utilizamos. En resumen, las TIC deberían, así, permitirnos ahorrar tiempo. ¡Sin embargo, es exactamente de lo contrario que se quejan aquellos que se desconectan! Esto, ya que al no cesar de "enviarles" informaciones y demandas inesperadas, las TIC obligan a los usuarios a tratarlas. Esta obligación puede ser impuesta: por su jerarquía, por su cónyuge o sus amigos. La obligación es profesional, estatutaria o relacional. Las TIC no crean estos lazos de dependencia pero los densifican a tal punto de convertirlos en una carga difícil de soportar. De este modo, los correos electrónicos y los mensajes de texto demasiado atosigantes de un superior o de un colega, las llamadas incesantes del cónyuge o de una madre preocupada, o incluso las innumerables notificaciones provenientes de las redes sociales producen a la larga un desgaste, una fatiga, una erosión que se traducen en momentos de exasperación, de cambios de humor, de un sentimiento de agobio o de desborde. Es en este contexto que un tiempo sin conexión viene a ser considerado. Un"tiempo para sí mismo" en el cual el individuo pueda encontrar nuevamente sus propios ritmos, la noción del tiempo y de la espera, de la reflexión y de la atención.

3. Desconexiones profesionales

Profesionalmente, hay empleos en los cuales la desconexión es simplemente imposible durante las horas laborales. Todos los puestos relacionados con la vigilancia comercial (llamadas a clientes potenciales), con informaciones y reservaciones, o de funciones de intervención rápida que encajan por ejemplo en esta obligación. Pero las TIC en tan solo algunos años han sido el vector por el cual una sobrecarga informativa se ha agregado a los puestos de trabajo que, normalmente, solicitan cierta concentración, necesitan continuidad en la ejecución y no requieren en lo absoluto una conexión constante. El requerimiento de dar cuentas casi instantáneamente del avance de su trabajo, los controles múltiples durante el trascurso mismo de la ejecución de tareas y el culto a la información en todos los niveles de la empresa perturban y frecuentemente desestabilizan, a tal grado que una nueva cuestión ha surgido: el derecho a la desconexión. Algunas experiencias modestas empiezan a desarrollarse en este sentido, por ejemplo, Volkswagen quien prohíbe en Alemania todo correo electrónico profesional después de las 6pm y los fines de semana, o, últimamente en Francia, un convenio colectivo que concierne a las sociedades de ingeniería y de asesoramiento en donde se especifica una "obligación de desconexión". Tal parece que después de veinte años de conminación a "comunicar más" y de una presión a estar constantemente conectados, ha llegado el momento de una reflexión sobre lo que parece defendible en términos de capacidades psicológicas y deseables desde un punto de vista social y organizacional. Es, permaneciendo más tiempo en este segundo punto (peligro de un contra rendimiento) que el primero (riesgos psicosociales) motivó a realizar los primeros estudios de gestión sobre la desconexión. Los casos de disfunción comienzan a preocupar seriamente en razón de sus costos, los directivos han llegado a cuestionarse sobre la desconexión por razones de estricto rendimiento de gestión. Sus preocupaciones concuerdan con las conclusiones de los estudios llevados a cabo en ciencias de la gestión acerca de la noción de sobrecarga informativa (information overload). La sobrecarga informativa y cognitiva se considera que tiene un impacto en la racionalidad de las decisiones empresariales y de la estrategia global de las empresas cuyo fin es medir los aspectos negativos. Pero por el momento, y es lo que todos nuestros terrenos en medio profesional han mostrado, cada uno improvisa como puede los usos profesionales defendibles de las TIC que implican lapsos de desconexión...Ahora bien, no todos los empleados ni ejecutivos son iguales en su latitud y su capacidad a ejecutar estas prácticas. Si quisiéramos caricaturizar, podríamos escribir que por un lado hay aquellos que tienen el poder de desconectarse y por consiguiente de imponer a otros su (según el encuestado) inaccesibilidad, y por otro lado aquellos que no lo tienen; por un lado aquellos que tienen el poder de imponer a los otros una disponibilidad de escucha permanente, y por otro lado aquellos que deben apegarse a esta voluntad; de un lado, así pues, aquellos que tienen el poder de desconectarse y por el otro aquellos que tienen el deber de permanecer conectados. Los nuevos pobres de las telecomunicaciones ya no son aquellos que no tienen acceso a la conectividad, sino aquellos que viven ahora en la obligación de responder inmediatamente y que no pueden escapar a la situación de vivir en un tipo de interpelación continua. Mientras que los nuevos ricos de las telecomunicaciones son aquellos que tienen la posibilidad de filtrar y por consiguiente instaurar/aplicar una distancia con respecto a esta misma interpelación. Claro está, no son las TIC quienes generan integralmente esta desigualdad. Éstas se derivan de la jerarquía, de los equilibrios de poder, de los estatus, y en definitiva de los tipos de poder ya existentes al seno de las empresas, organizaciones o redes. La cuestión no es por lo tanto el considerar a las tecnologías de la comunicación como creadoras de sui generis de nuevas formas de explotación, sino de saber si la simultaneidad telecomunicativa que ellas autorizan tiende más bien a reforzar las desigualdades ya existentes (bajo la figura del dúo control/dependencia), o por el contrario tiende a debilitarlas (permitiendo experimentar nuevas formas de organización en el sentido de una mayor autonomía y responsabilidad de cada uno).

4. Desconexiones privadas

Es en este punto que los terrenos realizados para el proyecto DEVOTIC nos sorprendieron más. No nos imaginábamos, que al investigar sobre las prácticas de desconexión, reuniríamos testimonios tan graves y profundos. La desconexión nosdevuelve nada menos y nada más que al sentido de la vida, a cuestiones existenciales y a la fuerza de compromisos. No nos esperábamos para nada a la irrupción de estos temas, en todo caso no de esta magnitud y con tal constancia. Por supuesto, estos no aparecen de entrada en los testimonios. Lo primero que se describe masivamente como aquello que motiva las prácticas de desconexión, es (retomando el vocabulario empleado por nuestros entrevistados) la voluntad de "respirar", de "tomar distancia", de "vaciarse", de "alejarse del tumulto", e incluso, de "cesar de estar aturdido". Lo que se busca se inscribe entonces en la misma lógica de distanciamiento, de un aislamiento provisorio, de descanso y de silencio como se puede observar en el plano profesional. La desconexión, cuando no es dictada por estas actitudes defensivas o de distanciamiento frente a demasiadas interpelaciones o solicitudes no deseadas, se presenta siempre como el fruto de una elección. La desconexión es entonces siempre voluntaria y proactiva. La desconexión es en este caso a menudo explicada por la defensa de un tiempo para sí mismo en un contexto de sincronía generalizada, por la preservación de sus propios ritmos en un mundo que incita a la aceleración, por el derecho a no ser molestado en un ambiente telecomunicativo intrusivo, y por la voluntad de ser todo eso que hacemos en un entorno que nos conduce al zapeo y a la dispersión. La espera, el aislamiento y el silencio, combatidos durante mucho tiempo por ser sinónimos de pobreza, de encierro o de soledad, reaparecen en este contexto ya no como algo que se padece sino más bien como algo que se elige. Estas desconexiones pueden ser muy efímeras y la mayoría son de tiempos parciales y establecidas (elegir de no revisar sus correos electrónicos pero dejar su teléfono disponible, ponerlo en silencio pero mirar de vez en cuando quién ha llamado, activar el servicio de geolocalización para encontrar una dirección y de desactivarlo inmediatamente después). Tal parece que nuestros contemporáneos demuestran su experiencia cada vez más original a medida que las TIC se vuelven más complejas. Cada uno obtiene de su experiencia cotidiana para instaurar formas de desconexión adaptadas al tipo de situaciones encontradas. Todas atañen a un ahorro en la atención y movilizan a la vez un conjunto de reglas casi técnicas (conocimiento del potencial de su Smartphone y de sus aplicaciones), un arte de la evaluación (en términos estratégicos o de decoro) y una capacidad de acción (elección). Se trata de articular distintos tipos de compromisos bajo la forma ya sea de sucesiones (conexión-desconexión) o bien de modulación (desconexión de correos electrónicos pero no del teléfono, o desconexión total a excepción de tres números, o un filtro visual, etc.), todo esto se convierte en una cuestión de elección y de prioridad.

5. La desconexión como prueba personal

Cuando la desconexión no se vive como un simple movimiento de retirada frente a demasiadas interpelaciones, como una pausa o un instante de descanso, y cuando el principal motivo tampoco es la voluntad de ser "el todo eso que hacemos" o "el todo a su interlocutor" o incluso "el todo al espectáculo al cual asistimos", entonces ésta se describe como una "interrupción", un "alejamiento", una "retirada", destinada a "encontrarse nuevamente consigo mismo", a "recapitular". La desconexión abre un momento o un periodo de diálogo consigo mismo, de introspección. Esta experiencia de interioridad nunca es simple. Ella entra en conflicto con las lógicas de reconocimiento y de beneficio que motivan la conexión. ¡Durante las desconexiones de este tipo, efectivamente no hay más correos electrónicos, no más llamadas o nada de redes sociales para probar de su existencia al resto del mundo, no más tweets o Internet para informar sobre lo que sucede en este mundo! Ya no hay más estímulos exteriores, no más notificaciones, ya no hay más distracciones y ocupaciones inmediatas. Ya no queda nada más que las huellas que todo esto ha dejado sobre uno mismo y que se trata justamente de ordenar con la finalidad de darle sentido. Elegir, como lo confiesan nuestros entrevistados, es siempre difícil y delicado de hacer. Se trata en efecto y en particular de renunciar, incluso si es solo por cinco minutos, a todo aquello, que potencialmente, pudiera venir a ellos, precisamente mediante esos canales que ellos deciden momentáneamente de cortar. Eso que les cuesta tanto renunciar hacer es exactamente la misma cosa que los empuja a consultar de manera frenética su bandeja de entrada del correo electrónico, su buzón de voz o sus redes sociales. En este instante, muchos evocan comportamientos adictivos y el vocabulario empleado por nuestros entrevistados para hacer referencia ("estoy enganchado", "es una verdadera dependencia", "no puedo vivir sin") puede llevar a pensarlo. Pero en la mayoría existen contradicciones sobre este asunto. Se trata más bien de curiosidad y de un enorme deseo de lo que ocurrirá. Una espera difusa pero constante de dejarse sorprender por lo inédito y lo imprevisto, por una llamada o un mensaje de texto que va a cambiar el curso de su día o de su tarde volviéndola más densa o diversa, y finalmente, haciendo que la vida sea más interesante e intensa. No es entonces un fenómeno de adicción lo que hace que la desconexión sea difícil, sino más bien el temor de perderse de algo. Los americanos crearon un acrónimo para designar este miedo: FOMO (Fear of Missing Out). El resultado de dicha desconexión puede revelarse sorprendente: a partir del momento en que el estado de desconexión casi permanente se vuelve un hábito cotidiano (a tal punto que no responder inmediatamente el teléfono se vuelve ahora un motivo de justificación), la desconexión (si ésta se prolonga por varias horas) representa una ruptura tal que hace resurgir automáticamente preguntas profundas. El contraste es tal que el tedio frecuentemente no tiene lugar: la confrontación brutal con el sentido de la vida ocupa todo el espacio. Entonces el silencio hace irrupción, la distancia cuestiona y el pasado resurge. La búsqueda de una coherencia y de una continuidad de sí mismo, este trabajo incesante de íntima importancia al cual la modernidad ha condenado a los hombres dándoles la conciencia de su autonomía en un mundo cambiante, se plantea en total nitidez. No hay razón para oponer mecánicamente la conexión a la desconexión: tal parece que una es parte de la otra. O más exactamente la conexión controlada (en todo caso su búsqueda) implica formas de desconexión, de la misma manera que la desconexión solo tiene sentido si el resto del tiempo existe una conexión. Los extremos convergen, una conexión mal controlada puede llevar a una disolución de sí mismo en una hiperconexión desestructurada o una desconexión implosiva (burn out). La Boétie describía la servidumbre voluntaria como la parte que delegamos de nuestra libertad para poder vivir en un mundo practicable para la gran mayoría. Aquí, la desconexión voluntaria se refiere a lo que aceptamos renunciar en seguridad, en informaciones o en distracciones para poder preservar por así decirlo, un espacio privado, un anonimato, un distanciamiento reflexivo en los cuales el individuo pueda pensarse como sujeto. Si nos referimos a las TIC, el actor es aquel que comunica en las redes, el sujeto es quien da un sentido a esta comunicación. Pero para esto, éste debe ser capaz de desconectarse de vez en cuando. Y es en este sentido que el va y viene entre la conexión y la desconexión aparece como el indicador perfecto de la hipermodernidad y de la incertidumbre que la desconexión no cesa de producir.   [1] Se trata de los laboratorios SET (Sociedad Medio Ambiente Territorio, UMI 5603, Pau), LISST (Laboratorio Multidisciplinario, Solidaridad, Sociedades, Territorios, UMI 5193, Toulouse 2), MICA (Mediación, Información Comunicación, Arte, EA 4426, Bordeaux 3), LCS (Laboratorio de Cambio Social, EA 2375, Paris 7) y GRICO (Grupo de Investigación Multidisciplinario de Comunicación Organizativa, Universidad de Ottawa).  
Francis Jauréguiberry es sociólogo, catedrático de la Universidad de Pau y director de investigación en el laboratorio SET (Sociedad Medio Ambiente Territorio) del CNRS (Centro Nacional para la Investigación Científica de Francia) (UMI 5603).
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