Urteko galdera

Javier Echeverría Ezponda / Ikerbasque Research Professor

07/04/2015

Javier Echeverría Ezponda / Ikerbasque Research Professor

Nuevas capacidades perceptivas y cognitivas en el tercer entorno

Agradezco mucho la invitación de Eusko Ikaskuntza a participar en un debate sobre Internet, uno de los temas de nuestro tiempo, por decirlo en términos de Ortega y Gasset. Al haber tenido el honor de ser invitado a intervenir en la primera ronda del debate, mi aportación se centrará en algunas cuestiones conceptuales previas. Pretendo evitar algunas confusiones epistémicas, que son muy usuales, y así contribuir a que el debate tome una dirección fecunda. Concretamente, introduciré algunas cautelas léxicas que conviene tener en cuenta al usar el término "Internet", que para unos parece designar una entidad mágica, salvífica y generadora de todo tipo de bienes, mientras que para otros encarna todo tipo de males, como antaño las ciudades. Mantendré la tesis de que Internet, pese a su gran incidencia social y a lo mucho que se habla de la "red de redes", no es más que un síntoma de una transformación mucho más profunda, que consiste en la emergencia de un nuevo espacio/tiempo social, el tercer entorno, al cual han de adaptarse nuestras mentes. También advertiré que la revolución tecnocientífica, que está a la base de la aparición de Internet, está llegando a nuestros cerebros, con todas las consecuencias que ello tiene (y tendrá) para nuestros procesos cognitivos y perceptivos. La consolidación y el auge del tercer entorno (mundo digital, espacio electrónico) exige desarrollar habilidades perceptivas y cognitivas adicionales, siempre que uno decida pasar parte de su tiempo allí, en el tercer entorno, y concretamente en Internet.
Cautela 1: Controlemos nuestra imaginación y no concibamos a Internet como un sujeto. En particular, no atribuyamos a Internet inteligencia, ni voluntad, ni sentimientos, ni deseos, ni intenciones. A sus diseñadores, programadores, mantenedores y desarrolladores sí, claro está. Internet es un espacio humano, demasiado humano. Sin embargo, Internet no es inteligente, como tampoco lo son las ciudades, ni las religiones, ni los países, salvo a título metafórico, y un poco hiperbólico. Quienes sí pueden ser inteligentes (pero también estúpidos) son los usuarios de Internet. Internet es un conjunto de redes de ordenadores interconectados que, al enlazarse entre sí, aportana las personas que usan dichos servidores nuevas capacidades de relación, de acción y de interacción, entre ellos y con el medio ambiente. Estamos ante un nuevo espacio tecnosocial que conviene humanizar, impregnándolo de valores humanos positivos. Sin embargo, resulta peligroso antropomorfizarlo e imaginar a Internet como si fuera un sujeto que piensa, razona, percibe, nos controla, nos vigila, nos domina, etc. Esos modos de imaginar son mentalmente patológicos y pueden generar enfermedades mentales. Voy a referirme ante todo a peligros epistémicos, y por tanto cognitivos. Si alguien concibe inadecuadamente una entidad nueva, cometerá errores en cadena, derivados de una categorización deficiente. Una cosa es que la estructura gramatical de nuestros lenguajes nos lleve a insertarla palabra "Internet" como sujeto gramatical en muchas frases, y otra muy distinta pensar en Internet como si fuese una entidad comparable a una persona. Ante todo, Internet es un espacio relacional. Si fuésemos mínimamente precisos en el uso del lenguaje deberíamos hablar de la red Internet, o mejor, de las redes Internet, puesto que son muchas, no una sola. La palabra "Internet" designa a una entidad tecnosocial extraordinariamente compleja e intrincada, compuesta por múltiples redes telemáticas a las que se conectan millones de personas de todas las partes del planeta. En cuanto a la World Wide Web, la Wikipedia la define así: "Es un sistema de documentos hipertextuales vinculados entre ellos en Internet". Cuando accedemos a una web no estamos navegando, sino consultando un documento, es decir, leyendo. Otro tanto hacen los buscadores, pero mucho más rápidamente que nosotros, que vamos de página en página. Nosotros no tenemos la capacidad de buscar en Internet, ellos sí, pero eso no implica que los buscadores sean "inteligentes", simplemente que nos superan en determinadas acciones, para eso han sido diseñados. Pues bien, no hay que olvidar que los navegadores usuales, incluido Google, sólo acceden a una parte de la Web. Francis Pisani y Dominique Piotet, en un libro publicado en Francia en 2008, estimaron que "la web llamada invisible, que no ven los motores de búsqueda, representa entre el 70 y el 75% del conjunto, es decir, que hay mil millones de páginas no referenciadas" (La alquimia de las multitudes: cómo la web está cambiando el mundo, Barcelona, Paidós, 2009, p. 177). Obvio es decir que hoy en día esa web oculta es mucho más extensa y profunda que en 2008: una gran caverna. Por otra parte, son muchas las personas que, como sólo usan la web y las redes sociales, tienden a identificar Internet con dichos subsistemas tecnosociales. Esto supone otro error conceptual importante, del que se derivan muchas actitudes y modos de pensar equivocados. Sólo podemos acceder a una parte de la WWW, de manera que no deberíamos imaginarla como si fuese una, y como si la conociésemos bien. Las páginas web son muchas y sólo son accesibles a través de diversas aplicaciones tecnológicas, no de una solo. De hecho, la mayoría de las web nos resultan inaccesibles, por no disponer de instrumentos suficientemente precisos para rastrear los rincones de la "caverna digital". Y otro tanto cabe decir de la "caverna mental" (ver J. Echeverría, Entre cavernas: de Platón a Internet, pasando por el cerebro, Madrid, Triacastela 2013), que sigue siendo profundamente desconocida, a pesar de los grandes avances se han producido recientemente en el ámbito de las neurociencias. Hemos de ser muy prudentes al hablar de los cambios que las redes tipo Internet suscitan en nuestros procesos cognitivos, al menos mientras no sepamos chino, ruso, hindí y otras muchas lenguas, y sobre todo mientras la mayor parte de la red nos resulte desconocida, y en cierta medida incognoscible. También hemos de ser muy cautelosos al hablar de cambios en nuestra procesos cognitivos, al menos mientras las investigaciones neurocientíficas no hayan clarificado cómo se producen, y cuáles. Dicho esto: es muy verosímil pensar que sí se están produciendo cambios, como argumentaré al final de este artículo. Cautela 2: Cuando se habla de Internet conviene pensarla en plural, no en singular. Por eso voy a hablar a partir de ahora de las redes tipo Internet, dejando claro de antemano que muchas de esas redes nos resultan desconocidas. En todo caso, insisto en que Internet no es comparable a una persona ni a un organismo, sin perjuicio de que haya sido creada y esté mantenida e impulsada por múltiples organizaciones y personas. Dicho de otra manera: no conocemos Internet, sino nuestro uso de Internet. Por tanto, hay que preguntarse por cómo cambian nuestros procesos cognitivos por el uso de las redes tipo Internet. Puesta así la pregunta, su sentido ha cambiado algo, y por ende también sus posibles respuestas. Para conectarnos a Internet podemos recurrir a diversas redes, no a una sola. Dicho sea de paso: es importante que dicho acceso nunca sea en régimen de monopolio. Nuestros nuevos procesos perceptivos y cognitivos, que los hay, dependerán en primera instancia de esas redes de acceso y conexión, entre las cuales podemos elegir. En mi caso, estoy a favor de las redes de acceso abierto y de código abierto. No todas las redes son así, en particular las redes sociales: hay que transformarlas, por muchos clientes que tengan y por alto que coticen en Bolsa. El diseño de las redes influye profundamente en los procesos cognitivos que luego se desarrollan en ellas, de ahí la importancia de esta segunda cautela. Además, somos libres de usar o no las tecnologías de la información y la comunicación y hemos de tener suficiente criterio para seleccionar cuales usamos y cuales no. De ahí mis profundas dudas sobre las actuales tendencias de la e-administración, que de facto hacen obligatorio el uso de las TICs en actos ciudadanos básicos, como la declaración de Hacienda, siendo así que todavía se sigue votando en urnas de cristal. No todas las TICs son iguales, como tampoco lo son las redes informáticas. Utilizamos la palabra "Internet" como un cajón de sastre, sin precisión alguna. Es un error epistémico grave, que por supuesto yo también cometo. Sin embargo, hay que intentar evitarlo, porque muchas equivocaciones epistémicas suscitan procesos cognitivos vacuos y engañosos. En el caso de las redes telemáticas, un error conceptual de este tipo se propaga viralmente y se convierte en un engaño distribuido.Se requiere un mínimo de precisión conceptual al hablar de estos temas, en lugar de proponer y usar etiquetas conceptuales y denominaciones aparentemente atractivas, oficio en el que abundan los expertos en marketing conceptual. La selección de las metáforas relativas a Internet y a las TICs no es un proceso cognitivo trivial: requiere mucha responsabilidad intelectual. Cautela 3: Internet forma parte de un sistema tecnológico mucho más complejo y variado que la misma "red de redes": suele ser denominado sistema TIC (tecnologías de la información y la comunicación). Las TIC están en plena evolución y expansión, al ser uno de los principales motores de la innovación tecnológica contemporánea. Por tanto, experimentan y suscitan múltiples procesos de cambio e innovación, algunos de los cuales se consolidan económica y socialmente, la mayoría no. A la hora de responder a la pregunta concreta planteada por Eusko Ikaskuntza, prefiero referirme al sistema TIC, no sólo a Internet. Hay varias razones para ello, pero me voy a limitar a indicar dos:
  1. El uso de los videojuegos transforma mucho más nuestros procesos cognitivos que el uso de Internet. Su incidencia emocional también es mayor, al menos entre los niños.
  2. El uso de los diversos artefactos de simulación sensorial, denominados habitualmente de realidad virtual, transforma radicalmente nuestras capacidades sensoriales, en mucho mayor grado que Internet. Su incidencia emocional es asimismo radical, a todas las edades, y lo será más conforme esos artefactos vayan digitalizando otros sentidos, además de la vista y el oído.
Argumentaré brevemente el punto b). La Web, a la que tampoco hay que confundir con Internet, es ante todo audiovisual. Sin embargo, existen tecnologías TIC de digitalización del tacto, el olfato y el oído que son operativas y funcionan razonablemente bien, aunque apenas se difunden a través de Internet, comparativamente hablando. Internet, y en particular la World Wide Web, es radicalmente "imago-céntrica" (piénsese en YouTube), así como audio-céntrica (valga iTunes como ejemplo). Sin embargo, nuestros cerebros tienen otras capacidades sensoriales, aparte de las audiovisuales. Faltan todavía años para que las redes telemáticas vayan deviniendo pentasensoriales, pero tarde o temprano eso ocurrirá, en mayor o menor grado. Sólo entonces podremos responder cabalmente a la pregunta planteada por Eusko Ikaskuntza. Dicho provocativamente: cuando exista un tacto digital 2.0, si eso llega a suceder, las redes tipo Internet y nuestros procesos cognitivos sí que habrán cambiado, y muy radicalmente. Cautela 4: La revolución tecnocientífica que se ha producido a finales del siglo XX no ha sido suscitada por Internet, sino por el sistema TIC y por los agentes militares, políticos, económicos y sociales que han potenciado dichas tecnologías, entre las cuales destaca Internet, es cierto; pero no hay que olvidar que desde hace décadas existen y funcionan eficazmente otras redes telemáticas (militares, financieras, científicas) que no se confunden con Internet, aunque sean parcialmente conectables a ella a través de algunos servidores. Valga como ejemplo la red Swift, que nació en la misma época que Internet y que ha funcionado muy bien, posibilitando la globalización de los mercados financieros, entre otros cambios no menos importantes (tarjetas de débito y crédito, dinero electrónico, etc.). La existencia de la red telemática Swift ha permanecido bastante oculta para la mayoría, porque los focos mediáticos han apuntado a Internet. Su existencia está comenzando ahora a ser conocida, desde que la Comisión Europea exigió incluir el código Swift (que es comparable a las URL de Internet) en todas las transferencias bancarias que se hacen en la UE. Cabe asimismo mencionar la crisis financiera que se inició en 2008 con el crack de Goldman Sachs, crisis que no hubiera sido posible sin la existencia de redes telemáticas como Swift y cuyas consecuencias han sido y siguen socio-económicamente graves, también en Euskadi. Las redes tipo Swift son privadas y no se integran en Internet, aunque vayan teniendo cada vez más conexiones con algunos nodos de ella. Lo importante es tener en cuenta que son las que facilitan las grandes fugas de capitales y el funcionamiento de los paraísos fiscales, entre otros muchos procesos del mundo financiero que están fuera del control de los Estados. Pues bien, lo diré tajantemente: los procesos cognitivos de los brokers que operan en las Bolsas interconectadas sí que han cambiado, y mucho; pero ello gracias a su conexión con otras redes telemáticas y digitales, no a Internet. También en las redes tipo Swift tienen lugar procesos cognitivos que hay que tener en cuenta, al igual que en las redes telemáticas militares. En suma: Internet es el mascarón de proa de un nuevo espacio social, hoy en día centrado en la web 2.0 y en las redes sociales; pero el sistema TIC (tecnologías de la comunicación y la información) es el que posibilita los cambios reales. TIC tiene un calado más profundo que Internet, aunque tampoco es un su sujeto. Por ejemplo, dicho sistema puede llegar a ser insertado (por seres humanos, claro) dentro de nuestro propio cerebro, como es el propósito del programa Converging Technologies NBIC (nano-bio-info-cogno), promovido desde 2001 por la National Science Foundation norteamericana. Ahora se denomina programa B.R.A.I.N, y tiene su homólogo en la Unión Europea, Human Brain. Dicho programa, que fue caracterizado en 2001 como la "conquista del cerebro", sigue desarrollándose y progresa en todos los países tecnológicamente avanzados, incluido Euskadi. Por estas razones, y por otras muchas que cabría aducir, sigo pensando que más que hablar de Internet hay que referirse al tercer entorno, el cual es un nuevo espacio/tiempo social cuya emergencia, consolidación y desarrollo ha sido posibilitada por el sistema tecnológico TIC a lo largo de las últimas décadas. Y ello en casi todo el mundo, estando ahora el tercer entorno a punto de expandirse a nuestros cerebros a través de neurosensores y neurotransmisores TIC, los cuales no suelen estar conectados a Internet, pero sí a redes telemáticas y digitales más locales (redes en torno a nuestro cráneo, como la realidad virtual, o dentro de él). Nuestros procesos sensoriales y perceptivos cambiarán de verdad cuando tengamos esas implementaciones NBIC (o como se llamen en el futuro) en nuestros propios cerebros. Internet no es más que el aperitivo de lo que viene, por lo que a nuestros procesos cognitivos se refiere, a saber: la inserción de artefactos TIC en nuestro cuerpo y en nuestro cerebro. Cautela 5: La hipótesis de los tres entornos me sigue pareciendo indispensable para pensar nuestra época, la de la tecnociencia. El primer entorno es la naturaleza, de cuya evolución biológica y corporal en el planeta Tierra surgieron los diversos tipos de cerebros, incluyendo el cerebro humano, el cual es una mixtura de varias modalidades de sistema nervioso, por ejemplo el cerebro reptiliano. Éste, no hay que olvidarlo, sigue operando en las profundidades de nuestra caverna mental y no se ve afectado por Internet: funciona a niveles más profundos y para necesidades más perentorias, pero funciona. El segundo entorno es la ciudad, con toda la diversidad de formas culturales que han surgido en los espacios urbanos a lo largo de los siglos. Para adaptarse a esos ámbitos urbanos, los cerebros han generado nuevas capacidades, por ejemplo la de leer y escribir, que ahora mismo estamos practicando nosotros en este espacio. Dichas habilidades no existían en el primer entorno, salvo en formas rudimentarias, como las pinturas en las cavernas, las muescas en piedrecillas y huesos, la lectura de huellas y el seguimiento de pistas, habilidad ésta en la que nos superan muchos mamíferos, por ejemplos los perros sabuesos. Según afirman los neurocientíficos, por ejemplo Antonio Damasio en El Error de Descartes (Barcelona, Crítica, 2006), nuestros cerebros surgieron para controlar nuestro organismo y tener más posibilidades de sobrevivir en el entorno natural, así como para obtener algún tipo de placer allí. Nuestros procesos sensoriales y cognitivos básicos, incluyendo los reptilianos y los que compartimos con los mamíferos, han ido cambiando a lo largo de los siglos, pero muy lentamente. Conforme la demografía urbana aumentó, dichos cerebros aprendieron a vivir y a sobrevivir en los entornos urbanos, al igual que numerosos "animales urbanos", empezando por los animales domésticos y las mascotas, y terminando por las ratas de ciudad (que están ocultas, pero forman parte de los sistemas bio-urbanos). Otro buen ejemplo de nuevas capacidades mentales generadas por el segundo entorno en nuestro cerebro es la habilidad de conducir automóviles u otros vehículos, que ciertamente no existía hace siglos y ahora forma parte de las destrezas habituales de muchos ciudadanos. Y cabría mencionar otros muchos ejemplos. En todo caso: es claro que la adaptación del ser humano al segundo entorno generó nuevos procesos cognitivos, que incrementaron nuestras capacidades mentales y se superpusieron a los que ya tenía nuestra especie tras siglos de evolución natural. Pues bien, la hipótesis del tercer entorno, aplicada a nuestro sistema nervioso, implica afirmar que ese nuevo espacio social es un tercer medio ambiente, y que para sobrevivir y adaptarse a él también se requieren capacidades perceptivas y cognitivas adicionales. Partiendo de dicha hipótesis, mi respuesta a la pregunta de Eusko Ikaskuntza es claramente positiva: sí que cambian nuestros procesos cognitivos y perceptivos, de manera similar a como aumentan cuando aprendemos a leer y a escribir, o cuando aprendemos a circular en coche por una ciudad, es decir: superponiéndose a capacidades previas que nuestras mentes ya tenían. Cambian por aprendizaje, y más en concreto, por ensayo y error, que es como aprenden los niños actuales a usar un teléfono móvil, y ello desdelos tres años, o aun antes, si se les deja utilizarlo. La plasticidad del cerebro humano, y por ende su capacidad para desarrollar nuevos procesos cognitivos y perceptivos, es considerable. Eso le permite adaptarse también al tercer entorno, que es un espacio social plagado de artefactos TIC, no sólo de redes sociales y de Internet. Y no hay que olvidar que la televisión también cambió algunos de nuestros procesos cognitivos, por ejemplo mediante la publicidad subliminal. En suma: no hay que referirse sólo a Internet. Lo importante es el sistema tecnológico TIC, que es el que ha posibilitado la emergencia del tercer entorno (mundo digital, espacio electrónico, ciberespacio, como cada cual prefiera denominarlo). Hechas estas precisiones conceptuales, no hay duda de que nuestros procesos cognitivos han cambiado, y seguirán cambiando. El tercer entorno es otro ámbito más para la evolución de la especie humana, en este caso para la evolución tecnosocial.  
Javier Echeverría Ezponda Ikerbasque Research Professor Universidad del País Vasco / Euskal Herriko Unibertsitatea
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