Soledad de Silva y Verástegui. Premio Manuel Lekuona 2012 de Eusko Ikaskuntza: El arte medieval intentaba transportar al espectador al mundo invisible

2013-11-13

AGUIRRE SORONDO, Juan

El pasado 30 de octubre, el palacio de la Diputación Foral de Álava, en Vitoria, acogió la ceremonia de entrega del Premio Manuel Lekuona de Eusko Ikaskuntza que en su edición 2012 se concedió a la historiadora del Arte Soledad Silva Verástegui. Ella es la tercera mujer en recibir el Premio Manuel Lekuona, instituido por Eusko Ikaskuntza-Sociedad de Estudios Vascos en 1983 para el reconocimiento de aquellas personalidades de la investigación y de la creación cuya obra total constituya una contribución de significativo interés para la cultura vasca.

Además de felicitarle, debemos preguntarle cómo vive Soledad Silva este reconocimiento público a una trayectoria de más de cuarenta años de estudio e investigación.

La verdad es que me siento muy emocionada y muy agradecida. He de decir que hace unos meses, cuando Eusko Ikaskuntza me comunicó la concesión del premio Manuel de Lekuona, recibí la noticia con gran sorpresa, no me lo esperaba en absoluto. Pensaba en qué méritos tenía yo que no pudieran alegar otros tantos compañeros y colegas míos que habían dedicado también su esfuerzo durante muchos años a la docencia y a la investigación en la universidad. Al mismo tiempo, pensaba que era por supuesto un gran honor el que esta institución de tanto renombre me hubiera otorgado este premio del que han sido acreedoras personas de mucho valor. Me encuentro verdaderamente muy agradecida a Eusko Ikaskuntza.

Usted es una apasionada de la Edad Media. Un periodo sobre el que pesan clichés que lo presentan como un mundo oscurantista, supersticioso, estático sin apenas progreso. Sin embargo, una mirada más profunda a esos mil años de historia muestra una realidad mucho más compleja y rica.

Efectivamente, yo creo que esa visión oscurantista de la Edad Media arranca de hace muchos siglos, comienza en realidad con el Renacimiento, cuando se establecen las tres edades tradicionales que han pasado a la actualidad: la edad antigua, la edad media y la moderna. Los hombres del Renacimiento tuvieron conciencia de que ellos asistían al comenzar de una época nueva, de una época que se diferenciaba de los siglos anteriores porque ellos estaban recuperando la antig?edad, mientras los de “los siglos medios”, como les llamaban, habían estado completamente aletargados. Así que contrapusieron su propia cultura, su propia modernidad, a los tiempos medievales que fueron tildados de oscurantistas, torpes, bárbaros. Esta visión peyorativa se transmite a otros siglos y pasa al siglo XVIII cuando en los momentos de la Ilustración se le añade una carga teórica nueva e incluso polémica porque entonces comienza ya a contraponerse una Edad Media que consideran teocéntrica y antihumanista frente a una época moderna que está centrada en el hombre, que es fuertemente antropomórfica y al mismo tiempo humanista. Desde entonces podríamos decir que esa tradición de siglos es la que ha pesado sobre esa visión negativa que nos ha podido transmitir la propia cultura occidental.

Entrega del Premio Manuel Lekuona de Eusko Ikaskuntza a Soledad Silva Verástegui.

Gran parte de la culpa de esa imagen estereotipada proviene del cine y la literatura. Soledad Silva, que es buena lectora y aficionada al séptimo arte, ¿suele recomendar a sus alumnos que vean películas y lean novelas que les sirvan para aproximarse con mayor rigor al mundo medieval? Y en tal caso, ¿cuáles son esas recomendaciones?

Si le digo la verdad, yo no suelo recomendar a los alumnos que lean libros de la literatura medieval, novelas históricas o películas sobre temas de la Edad Media. Yo en clase suelo recomendar una bibliografía básica, una bibliografía especializada, científica y que por lo tanto va a aportar a los alumnos conocimientos sólidos sobre la Edad Media. En todo caso sí que suelo recomendar que lean la literatura medieval, las grandes obras de creación literaria del mundo medieval porque todos sabemos que hay una gran simbiosis entre las distintas manifestaciones de la cultura y obviamente la literatura medieval y el arte medieval tienen una gran relación. Les recomiendo que lean El Mío Cid, las obras de Alfonso X el Sabio o que lean a Pedro López de Ayala, al infante don Juan Manuel, etc. Se trata de obras que pueden aportar datos sólidos, conocimientos de tipo científico.

Háblenos un poco de los libros ilustrados con miniaturas, de los “manuscritos iluminados”.

Tanto la imagen, como la escritura, han sido los dos grandes vehículos de los mensajes que el mundo medieval conocía. La miniatura era un arte esencial que acompañaba la escritura. Estas miniaturas cumplían una función no meramente decorativa, no se trataba de hacer un libro bonito, decorativo, ornamentado, de lujo, sino que se trataba de trasmitir un mensaje mediante la imagen, lo mismo que lo trasmitía la escritura.

La miniatura funcionaba en principio como las fotografías de nuestros libros, es decir, que la comprensión del libro dependía también de esa relación que el lector hiciera entre la imagen y el texto. En otras muchas ocasiones la miniatura cumplía una función todavía más elevada, porque había realidades, pensamientos que eran inefables, que no podían ser expresados por escrito y se utilizaba la imagen. El lector tenía que hacer una doble lectura, una lectura de la escritura y complementarla con la lectura de la imagen. Además, a veces la imagen trasmitía contenidos nuevos, no recogidos en el texto. La función de la imagen era trasportar al lector al mundo de la realidad invisible, que es lo que pretendía el arte medieval en general.

Usted es una de las principales especialistas nacionales sobre los famosos “Beatos de Liébana”. ¿Qué son y qué importancia tienen?

Se llama Beatos a los manuscritos que reproducen el comentario que escribió Beato de Liébana al Apocalipsis en el siglo VIII. Este libro no tendría mayor interés si no fuera porque incluía una gran abundancia de ilustraciones. Hay manuscritos que pueden alcanzar hasta 114 miniaturas, y por ello es por lo que son conocidos dichos libros. Desde el punto de vista del arte realmente tienen unas ilustraciones magníficas, y de períodos diferentes. Los más antiguos datan del siglo X, y por lo tanto son obras de estilo mozárabe, y los más recientes están ya muy próximos al gótico.

¿Cómo se “lee” una obra de arte de hace tantos siglos? Suponemos que el principal desafío reside en no quedarse solo en cuestiones formales sino entrar en su contenido y profundizar en su significado, y para eso hace falta conocer la mentalidad y entender las creencias de la época...

Para esto están los estudios, para saber qué función tuvo este libro y con qué finalidad fue escrito. Hoy en día ya sabemos que probablemente fue un libro destinado a la lectura espiritual de los monjes, y esa lectura, a juicio de los estudiosos, parece ser que era una doble lectura, una a través de la imagen y otra a través de la escritura. Beato concibió su obra no como un opus eruditionis, sino como un opus devotionis, destinado a la lectio divina hecha desde la perspectiva de la oración y la contemplación. El Apocalipsis se prestaba a ello como ningún otro libro ya que como decía Casiodoro, autor de otro comentario : “el Apocalipsis conduce a los lectores a la contemplación superior ya que les hace ver en el espíritu aquellas realidades cuya visión constituye la dicha de los ángeles”. Ahí se puede apreciar la importancia que tiene la contemplación. El Apocalipsis es un libro visionario, son las visiones de San Juan que nos las pone por escrito, y era lógico que este libro fuera concebido para ser ilustrado con imágenes, puesto que la imagen es lo que se ve con los ojos sensoriales.

Soledad Silva Verástegui es la tercera mujer en recibir el Premio Manuel Lekuona.

Y para completar la pregunta... además de conocimientos de arte, hay que estar bien imbuido en lo que es el mundo bíblico y religioso.

Por supuesto. La mayoría de estos libros se escribieron para monasterios, salvo alguna excepción como un Beato espléndido que se conserva en la Biblioteca Nacional, encargado por el rey Fernando I y Sancha de León en 1047. Es el único Beato, entre los más de treinta que se conocen, destinado a un Rey, a una persona laica por así decirlo. El historiador del arte debe preguntarse el por qué y para qué ha sido colocada una imagen en un determinado lugar, qué intención perseguía el comitente o el artista al concebir su obra. Por ejemplo, el pintor del Beato de San Miguel de Escalada, de mediados del siglo X, confiesa haber realizado estas pinturas para infundir el temor por la llegada del Juicio Final.

Alguien, quizá ingenuamente, puede preguntarse cómo es que aún hoy, en pleno siglo XXI, el arte antiguo y medieval puede seguir siendo objeto de investigación. Porque ¿no está ya todo suficientemente censado, clasificado y analizado?

He de decir que queda mucho por hacer. Hace un par de días mantuve una conversación con el profesor Pedro Echeverría, colega mío de la Universidad, que se dedica al arte moderno y quien junto a Javier Vélez se ocupa de la elaboración de los tomos que quedan del Catálogo Monumental de la Diócesis de Vitoria, en los que trabajó tanto Micaela Portilla. Me comentaba: “Los historiadores de arte os vais a llevar muchas sorpresas porque en cuanto publiquemos los tomos del catálogo que quedan vais a descubrir muchas obras que todavía no conocéis”. Por lo tanto, siempre quedan cosas por descubrir...

A estas alturas del siglo XXI, se acaba de descubrir un nuevo Beato de la segunda mitad del siglo XI. Procedía de un convento de Salesianos en Italia. Apareció entre un lote de libros en la biblioteca de Génova y está siendo objeto de estudio y de interés. He aquí un ejemplo de que quedan muchas cosas por descubrir, no lo sabemos todo ni muchísimo menos.

Usted pertenece a la primera promoción de licenciados en Historia del Arte que salió de la universidad española. Después de muchos años y de muchas promociones, ¿cómo estamos en la hora presente y qué futuro tiene?

En aquella primera promoción éramos 250 alumnos en la Universidad Complutense, un número que entonces se consideraba excesivo. No obstante, un tanto por ciento muy elevado pudimos dedicarnos profesionalmente a la docencia e investigación en la Universidad. Otros ocuparon puestos relevantes en museos, archivos y bibliotecas y en otras instituciones públicas y privadas. Algunos se decantaron por la Enseñanza Media donde la Historia del Arte ocupaba un lugar importante.

Es cierto que hoy la situación ha cambiado a consecuencia de la crisis que padecemos en todos los órdenes de la vida. Pero yo he sido y soy muy optimista. Tengo la convicción de que uno ha de descubrir cuál es su auténtica vocación profesional y ha de poner su esfuerzo en prepararse bien, todo lo mejor posible, para desarrollarla con competencia. Siempre, antes o después se acaba encontrando un puesto, aunque para ello haya que luchar e intentarlo una y otra vez. Hoy se necesitan también historiadores del arte en la Universidad, pensemos en el necesario relevo generacional, y en otros ámbitos, los museos cuya función se ha ampliado considerablemente respecto a épocas pasadas, o el patrimonio, instituciones, informes técnicos para la conservación y restauración del legado artístico, galerías de arte, asociaciones culturales, técnicos de turismo, anticuarios y un largo etcétera. Con este fin y para satisfacer esta demanda han sido pensados los nuevos grados.Soledad Silva Verástegui (Vitoria-Gasteiz, 1948)Doctora en Historia del Arte por la Universidad de Navarra con la tesis Iconografía del siglo X en el Reino de Pamplona-Nájera (publicada en 1984). Profesora de Historia del Arte en la Universidad de Navarra desde 1972 a 1988, pasando a ejercer la docencia en la Universidad del País Vasco (campus de Vitoria) desde 1990 como Profesora Titular y como Catedrática desde el año 2000. Imparte las asignaturas de Historia del Arte Medieval en España, Historia del Arte Antiguo II e Iconografía Medieval.Compagina su labor docente con la investigación histórico-artística sobre Arte Medieval y particularmente sobre la escultura románica y gótica y la miniatura medieval. Resultados de esta labor son sus trabajos: Iconografía gótica en Alava (1987), La miniatura medieval en Navarra (1988), La miniatura en el Monasterio de San Millán de la Cogolla (1999), El Beato de San Millán de la Cogolla (con J.B. Olarte, 1999), El Beato de Liébana. Códice de Navarra (con E. Ruiz García, 2007), Los sepulcros de los santos en la Alta Edad Media en España (2009) o Espacios para la penitencia y programas iconográficos en el románico hispánico (2010). Además de colaborar con revistas españolas y extranjeras, participa en cursos, seminarios y conferencias organizados por instituciones universitarias y centros de investigación.
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